Diario de León

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Hasta junio de 1921 no conoció el pueblo de Caín la electricidad, ya inaugurada la central de Poncebos que exigió construir el canal y senda de la Garganta del Cares... y allí todo el pueblo pasmarote encabezado por el cura mirando a los cables del tendido para ver cómo correría por ellos esa cosa del diablo. Caín madrugó al privilegio de una corriente que no llegaría a muchísimas zonas rurales hasta bien entrado el siglo XX. Cierto que la capital ya la conoció en 1889, pero un pueblo no alejado de ella, Fontanos, en el Torío, no supo lo que era un calambrazo hasta ochenta años después, cuando las primeras discotecas eran ya un derroche de focos y destellos. ¿Y qué decir del ancarés Burbia que en 1985 aún se alumbraba con campingás y algún generador? Les llegó la luz justo para encender la senda de los que aceleraron su despoblación.

En los años 30 funcionaban ya en la provincia unas cuantas «fábricas de luz» en molinos maquileros. Garantizaban apagones y sorpresivas bajadas de tensión que hacían hablar a las bombillas como se hace en algunos establecimientos anunciando a la clientela morosa la hora de cerrar. Y al final llegaron «Electras» e «Iberduero» para hacerse los putos amos con estaca y monopolio. ¿Y cómo se iluminaba la vida leonesa hasta que llegó la electricidad?... Velas y candiles eran la norma. En el sur era frecuente el candil de aceite que, por ser tan caro en estos nortes, se sustituía por el sebo, grasa barata de animal que también servía para lubricar unas patatas revolconas que se pegaban al paladar... o para untar las botas. Con el candil no había apagones, salvo que el mozo pícaro lo soplara apalpando en lo oscuro a la moza de querer que amagaba un chillidito. En Sajambre y Valdeón usaban un aceite algo ruin que obtenían de los hayucos, las almendritas del haya. También fueron habituales los «gabuzos» de palo de brezo que iluminaban en mortecino el filandón, según cuentan. Y populares también las lámparas de carburo y los quinqués de petróleo que dejaban la casa oliendo a garaje. Quinqués y candiles se mondarían hoy de la risa con el pánico que nos mete al cuerpo un apagón.

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