CORNADA DE LOBO
¿Sencillo?... malo
Quedó claro. Resucitar y crear fábricas de luz ha de abordarse. Luz del común sobre todo, electricidad del municipio, del pueblo. Se puede. Se debe. Autosuficiencia. Lo apoyaba un real decreto de 1986 para la «diversificación y ahorro de energía». Y soñé entonces a raudales. La autarquía es siempre un horizonte obligado.
Llevaba yo ese año la comunicación del Primer Plan de Seguridad Minera (¡cuánto apaño y corrupción se destapó ahí!) con Calvo de Celis en Industria (gran gestor) y la noticia de poder revivir o crear pequeñas centrales nos ilusionó. Había precedentes muy rentables aún (la vieja central de Láncara de Luna turbinaba de noviembre a junio y rentaba unos 50 millones de pesetas al año, tentadora realidad), y montar una fábrica en presas de riego o saltos pequeños era productivo (una turbina Westinhouse costaba sólo ocho millones). Otro dato engordaba nuestra esperanza: la fábrica de harinas Alfageme en Trobajo del Camino turbinaba en la vieja presa que la cruzaba (fluyente, no torrente) y con un salto de sólo un metro y medio lograba una energía eléctrica que suponía el 40% de su consumo. Luz gratis. Energía limpia. Y renovable, pues un kilómetro aguas abajo podría instalarse otro pequeño salto; y más allá, otro... y otro. Cada pueblo tendría el suyo. Y la luz que no consumieran podrían venderla al estar obligadas las eléctricas a comprarla gracias a ese real decreto. El valle de Sajambre era el mejor ejemplo. Su central de Pió era municipal, aunque después la vendieron por un canon anual ridículo. Igual en Valdeón, que pudieron tener la suya propia y poner gratis calefacción hasta en las cuadras... o aún mejor, regalar luz o venderla barata a toda industria que quisiera establecerse allí. En Asturias las posibilidades eran aún mayores y una empresa suiza (testaferro de eléctricas nacionales) comenzó a comprar licencias de derivación de aguas, ¡pero no para explotarlas!, sino para impedir que alguien hiciera las centrales chicas de nuestro sencillo y viable sueño. Y es que cuando en España se propone una solución, ¡malo!, siempre aparece algún poder que encuentra un problema.