cuerpo a tierra
Moralistas eróticos
Uno ya no recuerda quién decía —o lo recuerda muy bien pero no es cuestión de estar todas las semanas citando al maestro Cunqueiro— que Umbral era un erótico que escondía a un moralista. Lo traigo a cuento de su opuesto, los moralistas que vamos descubriendo que escondían a eróticos, como ese plenipotenciario que presuntamente se hacía llevar lumis en furgonetas a los paradores de turismo del Estado como el Dioni llevaba pesetas en un carretillo para abonar las multas de su amigo Juan el del Azaila al ayuntamiento: sin pudor ninguno porque al fin y al cabo las pesetas eran por entonces todavía monedas de curso legal. Aspecto de moralista no tenía el ministro, pero militaba en un partido que en aquellos mismos momentos estaba abogando por abolir la prostitución. Y sí, ya sé que también defendían que no llevar corbata contribuía al ahorro energético y algunas otras perogrulladas como quitarle media hora a la jornada laboral y añadirle tres años a la vida laboral, pero, en cuestiones de doble moral, estas necedades no computan tanto.
Uno imagina al hoy más que nunca imputado ministro, tras telepredicar como tertuliano en algún debate vespertino —vaya ojo, compañeros, aunque no faltasteis a lo que reza vuestro título: «Todo es mentira»—, pidiéndole a su mamporrero de confianza alivio contra la soledad del poder y, ay la vanidad, en compañía de mises y mujeres que trabajan en webs con luces de colores se hizo fotos o se las dejó hacer, pese a los guardaespaldas, lo cual no hace sino señalar el tipo de pardillo que era y sigue siendo cuando amenaza con acciones legales por hechos atestiguados gráficamente y tipificados como comportamientos impropios de cargo público, saltándose la cuarentena del coronavirus además, lo cual era delito para el común de los mortales. Uno confía en que ese no sea el nivel, sino la excepción, de los próceres de nuestra democracia. Aunque tampoco mucho.
La doble moral, la hipocresía, la definió muy bien Séneca: «Haz lo que yo digo y no lo que yo hago» y, aunque ahora nuestro personaje pretenda añadirle al adagio «no decir lo que yo hago», parece que los juzgados consideran que hay suficientes indicios de delito como para sentarlo en el banquillo por beneficiarse de un cargo público. Una vez manifestó que la explotación sexual le daba asco. Se ignora su opinión sobre el cohecho y la malversación.