Diario de León

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Modo antiguo y sueñecito modesto fue de antaño la «siesta de la llave» tan propia de la mujer afaenada de esta tierra a quien se le fugan las horas de tanto como hay que laborar. A ella recurrió mi madre no pocas veces concluida la comida y tras la fregancia de platos y cacharros, el escobear barriendo y todo lo que ha de lamer la bayeta para que quede la cocina como los chorros del oro mientras el varón se aceporra en el escaño espatarrao porque no considera que haya que echar ni media mano a una faena que la doña tendrá que hacer, además, con un mínimo ruido para no desvelar en su descanso al guerrerín. Era siesta sentada en silla con cabezada breve sobre la mesa usando el antebrazo como almohadilla y cuya mano sostenía una llave de aquellas de hierro colado para puertas o portones. Con el cuerpo baqueteado de tanto trajín era bien fácil concilar casi al instante una entrevela reparadora... y a los cuatro o seis minutos, cuando el sopor va logrando la ensoñación y una relajación total del músculo, se ablandan los dedos que dejan así de asir la presa... y la llave cae sobre el mosaico dando un campanazo despertador de aquí se acabó la juerga para espabilar en el acto a la pobre y seguir remando, que queda toda una tarde de hacer y no parar.

Pues bien, acabo de leer que Einstein era devoto de esta siesta de la llave, lo mismo que Edison o Dalí. Y la neurociencia lo respalda hoy. Ese momento entre vigilia y sueño (fase hipnagógica) es mina de oro para la creatividad. El cerebro genera ideas brillantes, imágenes lúcidas. Casi todos los sueños que el subconsciente elabora durante una dormida larga los olvidamos, salvo alguna pesadilla atroz o gozosa, pero los sueños de las siestas cortas los recordamos infinitamente mejor, así que algunos investigadores replican hoy esa técnica con resultados fascinantes porque esa cabezadita proporciona después mejores ideas, sueños más vívidos y memoria agudizada, algo muy necesario para quien tenga a continuación un trabajo creativo, intelectual o artesanal. Y todo eso lo intuía Laurita sin que ningún neurocientífico viniera a demostrárselo.

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