Diario de León

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Suelen tener mucha prisa los que no saben qué hacer con el tiempo. Eso dicen. Pero también afirman, y creo que con absoluta razón, que la conciliación no solo pone a quienes andan en esos trances en modo prisa, sino que resta tiempo a la cocina y que, como consecuencia, la tan cacareada cocina de la abuela está en peligro. Aquella escena bastante generalizada de apenas comenzado el día, la lentitud de la comida en la cazuela sobre una esquina de la chapa prácticamente es ya historia.

Y como este parece más un país de lamentos que de otra cosa, los expertos en algunas de las exquisiteces gastronómicas norteñas empiezan a poner ya en acción algunas alarmas. Cuentan, por ejemplo, que la fabada asturiana está en peligro de extinción. Entre las causas, además de las señaladas, hay un cincuenta por ciento menos de consumo de legumbres en las dos últimas décadas. Súmese a ello, conforme al añadido argumental, los cambios sociales y culturales y la menor ingesta calórica.

A los nostálgicos de la fabada como argumento concluyente les queda el recurso del bote, en todo caso mal menor, aunque también aquí hay opciones para todos los gustos. Faltaría más. Lo que ocurre es que sin abandonar Asturias patria querida, dicen que también se cierne cierta amenaza sobre la sidra por falta de manzana. El asunto no parece pintar bien y los estudiosos de la demografía afirman que el Principado perderá más de cuarenta mil habitantes en los próximos quince años. No sé si tendrá algo que ver esto del comer y del beber —por eso de que «con fabes y con sidrina nun fai falta gasolina»— con la caída de población, que en las altas esferas del análisis dicen los que no analizan que todo es posible.

La escasez es la leche, dicen con acento gallego, otro de los lares del norte donde la comida es un rito de la abundancia y el sabor. Y la escasez, una de las consecuencias del cambio climático. Pero qué es lo que escasea, se preguntan, incrédulos, sobre todo los amantes de la buena mesa («y del colesterol», añaden algunos tocagüevos, por no salir de los espacios gastronómicos). Pues los grelos, la imprescindible pareja del lacón, que calienta no pocos inviernos y fiestas de guardar o de no guardar, pues acompaña en potes, caldos y cocidos.

Ante la posibilidad de disminución de tan sustantiva oferta, a uno le dio por pensar. Mal asunto, por aquello de la formula que dice, en síntesis, que pagan a otros por ejercer tal función. Y pensé, siguiendo el relato de un viejo panadero que me dijo que en la doble cocción estaba el secreto de la bondad de su pan, que el mismo sistema para una sopa sería una maravilla para el gusto y el paladar. Se pueden imaginar la barbaridad y, como consecuencia, el fracaso: una pasta insípida y pegajosa, escaldada y con olor a chamusquina. Desde entonces ponen veto riguroso a cualquiera de mis iniciativas culinarias. Ni ocurrírseme el acercamiento a la cocina. No lo confieso en voz alta, pero sigo creyendo que el buen bocadillo de sardinas es un auténtico manjar. En serio.

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