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Cúanta luz y razón lleva esa declaración de Richard Gere en una entrevista de El País: «Creo en la amabilidad como algo revolucionario». Viendo que la poesía ya no lo parece, ¿será la amabilidad un arma cargada de futuro?, ¿y cuántos revolucionarios se apuntarán a ella?, porque las revoluciones, para que cambien algo, han de estar pobladas; o son rebelión de muchos o se quedan en campana de lana.

Casi todas las revoluciones fracasan. A un paso adelante le sigue otro atrás... é la nave non va. Y las pocas que pudieron triunfar, al poco se corrompieron, se amoldaron al privilegio del poder y del dinero, pues lo normal es que acabe asomando un converso iluminado o un revisionista que las recondujo a su corral o a lo particular más que a lo general. Valgan tres ejemplos exitosos: el Cristianismo, nació como Evangelio de los Pobres y acabó en iglesias enriquecidas aupadas al poder terrenal relegando lo espiritual y alentando cismas y guerras entre sí y contra paganos o creyentes en otro dios... el Islam, nacido como continuidad reformada del judaísmo y cristianismo; y ya vemos en lo que acabó... y el Comunismo, nacido para redimir a los proletarios de la Tierra de la esclavitud del capital para acabar en tiranías, dictaduras y burócratas dogmáticos. ¿Quién de los tres apostó por lo amable?...

No. No corren buenos tiempos para la amabilidad... ni para el corazón de puerta abierta... ni para siquiera escuchar al otro... ni para saludar a lo diferente... y se diría que ni para dar los buenos días, esos que hoy te niegan hasta en la orilla del río donde el cruce de pescadores exigió siempre un saludo que venía de cordial, aunque a veces se iba de recelo o envidieja. Y ya empieza a cundir que a la afable salutación del ¡buenos días! se conteste con un agrio y asqueroso ¡serán pa ti!... Este es un tiempo canalla que vocifera palabras como pedradas. Hasta la letra impresa berra e insulta. Se alzan muros, fronteras y aranceles injuriando al que llega para que no cruce el límite de «lo nuestro». Y nos da pánico que alguien pueda instalarse en nuestra razón y, aún menos, en nuestro corazón. Para eso ya tenemos mascotas.