Diario de León

AL TRASLUZ

Eduardo Aguirre

Eduardo Aguirre

Tres rosas invisibles

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Antes de visitar una ciudad cervantina, me intereso por su arte público dedicado a Cervantes. En esto, confieso mi chovinismo: me siento muy orgulloso de la aportación leonesa. En La Mancha, Alcázar de San Juan tiene sendos don Quijote y Sancho, sobre sus respectivas monturas, realizadas por el escultor astorgano Marino Amaya (1927-2014). En bronce, pero como si fuesen de plata. Pronto me presentaré ante ellas. «¿Manda usted algo para León, mi señor? Sí, Aguirre, salúdeme al colega ese de piedra que tengo en el campus leonés». Gran escultura también la de Víctor de los Ríos. A Amaya le fueron encargadas para conmemorar el cuarto centenario de la batalla de Lepanto. Entre los alcazareños se cuenta que para el escudero se inspiró en las facciones de Tico Medina; clavado, puedo certificarlo pues le vi en numerosas ocasiones en la redacción de Pueblo, en la que él y mi padre trabajaban. La prestigiosa Asociación Cervantina alcazareña recoge firmas para que don Quijote y Sancho, los personajes literarios, sean declarados «bien cultural de carácter Inmaterial». La iniciativa acaba de ser presentada a las autoridades, e importantes cervantistas e instituciones ya han firmado la solicitud. Lo conseguirán, lo sé. ¡Hasta el ectoplasma Avellaneda la firmaría si pudiese! Además, leo que en la comunidad de Madrid el cocido y la zarzuela van a lograr esa distinción, pues con razones más universales lo merecen ellos.

A los alcazareños, Amaya les dejó también una conmovedora maternidad. Cómo no sentir simpatía por este maragato, surgido de la pobreza, pastor en su juventud, hijo de un ayudante de fogonero, criado en un orfanato…. Y sin embargo, o quizá por ello, cuánta riqueza interior nos transmite su obra, triunfo de la serenidad. En algunos corazones, las heridas recibidas en la vida no apagan la luz de la ternura. ¿No es misterioso?

En León, tenemos creaciones suyas; entre ellas, la Virgen Inmaculada que en la capital nos sonríe y protege desde lo alto de su columna; y hay otra —anterior— en Astorga. En Alcázar de San Juan, ante las esculturas de don Quijote y Sancho, dejaré pronto dos rosas invisibles… y otra más para aquel niño pobre astorgano que —sin saberlo— tenía tesoros en sus dedos.

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