Diario de León

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Afirma Carlos Hipólito que «cada vez somos menos permeables a las ideas de los demás». En casos como esta hoja de chopo ni quito ni pongo rey. Solo traigo ideas de otros que he ido recogiendo en una parte y otra. Lo bueno es que haya pensamiento, opinión, reflexión. Otra cosa es que lo compartamos. Tan bueno como lo anterior. Porque, y cito al mismo, «las posiciones más autoritarias y más dictatoriales están empezando a abrirse camino de una manera muy clara». Algunos se lo toman con el sarcasmo del humor, que suele ser a veces un falsete de la aceptación de la realidad, y sale por trochas escarpadas, como el que dice que es más triste que en el cielo no haya gin-tonic. No es el caso de Juan José Millás, que lo ha dejado y no lo echa de menos porque «los placeres de la vejez son menos intensos pero más duraderos». Pues será verdad, aunque ciertas verdades cambian con los tiempos. Me gustaría la gloria de unos versos de Eugenio Marcos Oteruelo en su delicioso libro El nombre de los bueyes: «… nadie se muere en esta tierra / sin un merecido repique de campanas». No sé por qué no será verdad, desgraciadamente, en mi caso, aunque me conformaría con un solo de trompeta.

Recurro un poco a las ramas del chopo porque, en este caso, no está para muchos bollos el horno. Dice Joël Dreker que «leer no consiste en acumular conocimiento sino en desarrollar el cerebro como un músculo y entrenarlo en estas capacidades». Me sorprende, sin embargo, lo que añade en otro momento: «Nuestra democracia no puede existir si no leemos libros en papel». Y es que con la democracia hemos topado, amigo Sancho. O ha topado Ildefonso Falcones: «Creo que la democracia —dijo en una entrevista a finales de marzo— se ha autodestruido. El voto legitima a un señor que luego hace con el poder lo que quiere, con unos intereses generalmente espurios. Democracia es respeto, y votar se ha convertido en una manera perversa de legitimar a unos señores que después nos machacan sin cumplir lo prometido». Seguramente porque, según afirman no pocos, entre nosotros no hay un proyecto común de país, sino la pasión desmedida de los partidos, que solo ansían el poder. Hasta politizan y se pegan por eso de Eurovisión, alejados del problema de fondo. A la espera de un payaso —dicen-, de nombre Trump, al que, sin embargo, santifican y parecen obedecer. Ya lo ponen en el cielo, una razón más para que allí no haya gin-tonic, por los aranceles celestiales que el elemento del flequillo ha diseñado en el reino de los bienaventurados para bebidas alcohólicas y burbujeantes.

Volviendo no al gin-tonic, sino a lo de la democracia y su contraria, Enrique Vila-Matas convierte hoy en temblorosas las hojas de este chopo: «Viví en una dictadura hasta los 27 años. Este mundo cada vez se parece más a todo aquello». Con otro tono, Manuela Carmena ha dicho que «el discurso político es tan pobre que no me extraña que los jóvenes se decepcionen de la democracia». Y, con una idea más generalizada no pocos son los que aluden a la actitud y la preparación de muchos de nuestros políticos como el mejor caldo de cultivo de la extrema derecha. Abróchense bien los cinturones, preparen un gin-tonic para el mareo y atiendan las señales de tráfico, que se inicia un viaje sin GPS. Parece que es difícil el retorno: «Adoro España pero no puede volver a mi país porque no valoran mi trabajo como investigadora». Son palabras de Alejandra de Lara, Física Nuclear en Cambridge.

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