Diario de León

CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

Antonio Manilla

Piedras contra la luna

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La palabra glorieta lleva al sol dentro. Como la plaza a las palomas que aterrizan con un aplauso de alas y adoquines sobre las migas de pan de una memoria infantil que intentaba abrazarlas. El surrealismo, piensa uno, no es el encuentro de una máquina de escribir y un paraguas sobre una mesa de operaciones, sino el desencuentro entre el sótano y la humedad, las calles y la muchedumbre, el cielo y su es azul a esa hora en que el sol agachado del ocaso tiñe de imposibles colores fauvistas el borde de las nubes.

Es las palomas que asaltan las mesas de las terrazas y se llevan en el pico la tapa del adulto un segundo antes de que la coja, dejándole el asco en la punta de la lengua. Es calles vacías sin ser de noche, un corzo ramoneando las hojas de un arbusto que te mira contemplando el miedo en tus ojos a que se quiebre ese instante, abrigos y ladrones a pleno sol. Es, en fin, también, y quizá sobre todo, un poema escrito entre la memoria de azul intensidad de las orillas del Ceide y las riberas del Ariegos. Versos entre balones y muñecas y un accidente que postró al hombre pero no al poeta.

Al menos el surrealismo primigenio, el espontáneo, el que nació mucho antes del movimiento que lo puso en el mundo con un pasaporte en una mano y una piedra para abolir espejos en la otra. Inútil fue su empresa de super-realidad, porque allí donde corre el agua siempre termina por reflejarse el mundo. Pero siempre ha habido niños que tiraban piedras a la luna en las farolas. Hombres que ponían claveles en los fusiles y lamían el cañón de una pistola, mujeres que se bañaban desnudas en las luces de una tarde asomada a una cascada por la que se despeñan unas cantarinas sombras.

Y un libro en cuya tapa las palabras Luis y Miguel están juntas y anteceden a Rabanal. Esta historia se ha acabado. De aquel tiempo queda una tormenta que pasó y borró las nubes. Para siempre y hasta pronto. Bastará abrir por cualquier página para encontrarte en versos que queman tanto como este: «Si quisiésemos podríamos golpearlo sin dolor». Pero es enorme tu legado: Obdulia y Olleir, riachuelo al revés, ese regato incombustible de la fatalidad de ser más que un hombre. María Jesús con alas.

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