Diario de León

Cuarto Creciente

Carlos Fidalgo

Carlos Fidalgo

El Dólar

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El Dólar era un antro de mala reputación que animaba las noches canallas de Ponferrada en los años de la fiebre del wólfram y del empuje del carbón. Un prostíbulo donde los rebuscadores del mineral que afloraba en la Peña del Seo fundían el dinero que ganaban con el contrabando de aquellos pedruscos que durante la Segunda Guerra Mundial codiciaban los nazis y los aliados; unos para reforzar sus blindados, sus cañones, en aleación con el acero; otros para evitar que cayeran en manos de los alemanes.

Por eso el Bierzo era un nido de espías y Ponferrada se parecía tanto a un poblado del Oeste. Me lo decía César Gavela, el autor de la novela El puente de hierro, hace unos años.

El Dólar, que Raúl Guerra Garrido ya mencionaba en su novela El año del wólfram, finalista del Premio Planeta en 1984, estaba en la calle Capitán Cortés, hoy Isidro Rueda. Y los hombres que buscaban fiesta de madrugada y sexo fácil a cambio de dinero entraban y salían de allí más bien a escondidas.

El Dólar ya no existe. Cuando perdió su nombre original, el local siguió abierto durante unos años con el nombre de Kung Fu. Después derribaron el edificio. El Dólar se perdió, pero durante años dejó una estela en la memoria popular.

‘Ponferrada, Ciudad del Dólar’, decía una de las pegatinas jocosas que se vendían en los años 70 en Casa Brindis, una mercería que todavía está abierta en la avenida de La Puebla, en una calle que vivió tiempo mejores. Luego, el recuerdo del legendario local del pecado y del vicio se desdibujó, y la Ciudad del Dólar adoptó el significado con el que la conocemos hoy; la ciudad del dinero fácil (para unos pocos), la ciudad del wólfram y de la antracita, de las dos centrales térmicas, la ciudad de Endesa. De la montaña de carbón artificial y dos ríos de aguas negras. La ciudad de una prosperidad engañosa, donde la mayoría de la población se esforzaba por salir de la miseria.

Por eso es bueno recordar de dónde viene el nombre. Aunque ahora signifique otra cosa y el Ayuntamiento, con buen criterio, lo quiera convertir en una seña de identidad, el dólar, el de verdad, era de unos pocos.

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