Diario de León

SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS

Arturo Pereira

Sobreexposición igual a cortocircuito

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Una de las notas que definen nuestros tiempos es la pérdida progresiva de la intimidad. Esta pérdida puede deberse a una decisión voluntaria del individuo, o no. En el primer caso, el que sea voluntaria, no implica necesariamente que sea racional y meditada. La necesidad que parece acuciarnos de ser conocidos y reconocidos por el mayor número de congéneres nos puede jugar malas pasadas.

Esta necesidad la llevamos dentro de nuestra alma narcisista y egoísta desde que nacemos. Antaño lo teníamos más difícil para conseguirlo, y por supuesto, el índice de fama era siempre menor porque no disponíamos de los recursos tecnológicos que ahora nos permiten a modo de saltador de pértiga aparecer sorpresivamente en el universo de los famosetes.

El secreto, el intimismo, la capacidad para guardarnos las cosas para nosotros mismos mantiene una lucha con el desenfreno por compartir hasta la comida del último restaurante que hemos visitado. Ya casi no queda espacio para no compartir aquello que hasta hace poco era considerado exclusivamente propio.

Como todo en la vida, esta sobreexposición tiene sus aspectos positivos y negativos. Entre los primeros se podría incluir que ayuda a muchas personas a sentirse en el centro de atención de otras muchas. Para quienes sientan esta necesidad indudablemente las redes sociales son un firme aliado. Siempre alguien les puede reconocer en la calle y decir:— mira este es fulanito que comió pasta ayer en tal restaurante— sin duda algo sumamente importante para el devenir de los tiempos.

La cantidad de cosas compartidas son variopintas y banales, en la mayoría de los casos consecuencia de una irrefrenable afectación digital. Vivimos dos realidades vitales al mismo tiempo. Una, la verdadera, la de siempre con sus tiempos y rutinas. Otra, la que pretendemos crear en el mundo digital exponiéndonos al universo de la humanidad de forma que transmitamos lo que en muchas ocasiones no somos.

Esta actitud es un exorcismo de nosotros mismos para eliminar aquello que no nos gusta, que no nos satisface como personas. Creamos, no avatares, sino seres ideales que no existen de ninguna manera, que viven momentos desconectados entre sí y que no duran más que el impacto de una foto o el tiempo de un vídeo. Un autoengaño que quizás pueda ser útil en determinados casos.

Frente a esta exposición voluntaria, la involuntaria resulta dolorosa en la mayor parte de las ocasiones. La pérdida de intimidad, para aquellas personas que se consideran de una u otra manera públicas es una exigencia de la sociedad que impone transparencia. Consecuencia, quizás, de la primera, no está bien visto que alguien quiera guardar determinados espacios de su vida en el ámbito privado.

La sobreexposición al ojo y escrutinio ajeno de forma involuntaria se ha convertido en ocasiones en una verdadera tortura para sus víctimas, sobre todo cuando ha tenido consecuencias graves en sus vidas por haber sido juzgados de forma errónea. Los errores de las masas y sus juicios paralelos, nunca admiten suficiente recompensa.

Escenas de personajes públicos que nunca debieron salir a la luz, llenas de intimidad, de lo que debe permanecer en el ámbito privado por dignidad y decoro de los protagonistas y de los curiosos irredentos. Creo que carece de toda dignidad difundir las imágenes de un distinguido dignatario y su mujer en una actitud de presunto enfado. Eso, les pertenece exclusivamente a ellos.

El ser humano solo puede tolerar una cierta dosis de verdad. Por esto, nos engañamos permanentemente, primero a nosotros mismos, y lógicamente, a continuación a los demás. Quizás por eso tienen tanto éxito las redes sociales, que son precisamente eso, una red que nos atrapa y rodea de mentiras y provoca un cortocircuito con la verdad.

El ser humano solo puede tolerar una cierta dosis de verdad

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