La sinceridad de la agresión
Seguramente todos, especialmente los que peinan canas, han cantado alguna vez los versos de José Martí «Yo soy un hombre sincero / de donde crece la palma…», al amparo musical de la conocida Guantanamera. Pregonarlo como repetición no tiene apenas mérito porque, con frecuencia, no somos conscientes de la letra y su significado más o menos interesante, que ese es sobre todo asunto muy personal.
En una cultura como la actual, con elevadas dosis de cinismo y postureo, el recurso a la sinceridad parece con frecuencia un escaparate de productos pasados de moda. Parece casi normal, y no creo que lo sea, que en un momento determinado alguien te espete, a veces sin venir mucho a cuento, lo de «Es que yo soy muy sincero (a)», recurriendo al fácil mecanismo de mi verdad como si fuese la panacea de la rotación del mundo. Es en esos casos cuando uno puede, quizá deba echarse a temblar, por no echar a la mierda al susodicho (a). Puede ser el momento de la sinceridad de la agresión. Hay agresores muy violentos. Hasta es fácil, casi como deducción, que respire: —Te voy a decir lo que pienso de ti. Parece una amenaza, con apariencia de revelación no se sabe si divina o procedente del mundo de las gilipolleces estrambóticas. En cualquier caso, treta que parecen utilizar otros, a veces cercanos, qué curioso, para tenerte en vilo, desconocedores de que también los otros tienen opinión y su verdad, que, si es necesario, «también la verdad se inventa», tan machadiana la afirmación. —No te molestes, que ni te he preguntado ni quiero conocer tu opinión. Y el susodicho, o la, recorre los caminos con la prédica de la sinceridad que encierra su verdad y que al parecer no interesa a nadie o a muy pocos, generalmente cotillas y adláteres. Empecinado, a, como si oyera llover. «Tu verdad no, la Verdad; / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela»; la voz tajante pero serena de Machado.
En esto de las sinceridades los fundamentalistas crecen como las ortigas. Estos, además de apropiarse de los símbolos del signo o signos que les interese, aplican la violencia de su verdad en forma de persecución, veto o pretendida superioridad. A veces sin hacer mucho ruido, calando como la lluvia lenta y apenas perceptible, en los ámbitos de los que cree sus dominios. Como estés en el punto de mira de alguno de estos feligreses que no han entendido aún, con palabras de J. Gomá, que «la imbecilidad no se cura con el mero paso de los años», entenderás cómo la sinceridad de la agresión no tiene límites y puede amargar la vida porque la falta de razonamiento empeora las cosas. Hay ciertas sinceridades de las que es necesario huir tanto o más que de la peste.