Diario de León

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Anda una parte del personal revuelto estos días. Resulta que la maquinaria de los Premios «Concejo de la Cultura Leonesa», que el Instituto Leonés de Cultura convoca, en su cuarta edición en este caso, ha comenzado a funcionar. Y no son pocos los que se sienten acreedores a tal distinción. Faltaría más. Pero, eso sí, más que nada por los cinco mil euritos del ala por cada una de las cinco diferentes categorías. En esta cantidad, notable sin duda, está la madre de todas las batallas, composturas y estrategias.

Dicho esto, entenderán los muchos movimientos para postularse indirecta, sibilinamente, con el apoyo de aquel a quien pedimos que mueva la rueda, dada la alta dedicación creadora del protagonista, siempre incomprendido, nunca reconocido pública y solemnemente. Vaya por Dios, el pobrecito escribidor o fortaleza de la cultura con mayúsculas, cuya presencia prodiga más en estas fechas, atraído seguramente más por lo externo y los flashes que por otra cosa. Algún día volveré sobre tantos episodios de este calibre que dan lustre con frecuencia a tantos como se amparan bajo la sombra de un paraguas imaginario de exquisiteces y fortalezas, tan alejado de veleidades y soberbias.

En estos tiempos de venta de falsas grandezas y escasez de ideales arraigados, parece que la inmediatez, en casi todos los campos, es lo que cuenta. La búsqueda de medallitas, premios y honores sin apenas fundamento, por no decir ninguno, atenaza voluntades y somete a pleitesías, cuando no llegan por escalafón, que entonces, al margen de si llevan aparejados un plus en nómina o pensión, cargan pecheras como si fueran un muestrario de llaveros y otras chatarras menores que encorvan el cuerpo en besamanos, desfiles y otras gaitas de exaltaciones como si en otros sectores el valor no consistiera a veces simplemente en la supervivencia. El valor se les supone a unos y otros, digo. Las excesivas condecoraciones pierden a veces valor. Como los honores, injustificados muchas veces. Se dan como vasos de agua y después algunos salen ranas. Nuestra historia reciente es fiel testigo. Nadie olvide que siempre hay quien pretende cobrar peaje por todo.

Hay no pocos que andan como esos/esas por rastrojo buscando por dónde puede encontrar la luz de los focos y reconocimientos, sin conocerse razón alguna para tal reverencia. Necesitan ser señalados cuando van por la calle o establecer la distancia necesaria para no mezclarse con la plebe. Estos, que existen y se podrían ejemplificar, llegan incluso a no entender cómo se ha reconocido a fulanito o menganito y no a él. ¡No a él!, dios de la arrogancia y todos los narcisos. Qué injusticia, madre del amor hermoso. Conozco dos anécdotas llenas de elocuencia. La primera tiene como protagonista a un sujeto al que solicitan colaboración para un homenaje. —No, no, ese señor no se merece tal homenaje. Yo sí. Entonces hablaremos. Y punto. El segundo era político. Medallas y políticos conforman uno de los capítulos más bochornosos que se pueden escribir. Pidió a una pedanía de su municipio la creación de la única medalla hasta ahora otorgada. Desde hace muchos años. Se la entregaría él por no se sabe qué reconocimiento en el pueblo que ni siquiera conocía el reconocido. El asunto escondía la aspiración de mantenerse en la cúspide del poder provincial. Uno y otro se han despedido/los han despedido de la jerarquía piramidal. Sic transit gloria mundi, recordaban los romanos. Algunos siguen siendo reacios a entenderlo. Se puede pasar a la historia por muchas razones.

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