fuera de jueves
El infierno enladrillado
Alegrarse del desahucio de una familia no parece lo más adecuado. Pero no somos pocos los que nos felicitamos porque, por fin, se fueron a casa los de La familia de la tele. Que se financie con los Presupuestos Generales del Estado la telebasura, que expulsó una privada por su desastre de audiencia, es un derroche que quizá podría revisarse a la luz del Código Penal. Quedan aún más chollos en esa tele, pagada por todos, en la que urge un plan de desratización, para que cumpla su papel de ente público. Vivimos otro desahucio en el establishment socialista. El de esa familia, de chequera fácil y caspa, apoyada aún por los que callan como p.... mientras otros se la rifan. ¿Recuerdan al ministro Óscar Puente y su auditoria para alegar que todo eran bulos, y que en Transportes no había ni un solo contrato anómalo? Y eso ensombrecido por el silencio de los bien regados por presupuestos públicos, que dan por buena esta segunda entrega de la mítica fiesta de Roldán en gayumbos en Interviú.
Todo esto eclipsa lamentablemente los asuntos importantes. Nunca tuvo tanto rechazo el «parte» de la pública, como el que registra desde que se fraguó la colonización de los podemitas —sí, los trufados de «violentos sexuales»—. Los informativos de las privadas baten récords. Como los que probaron, como hormiguitas, que lo de dar una «revuelta» era otra artimaña del aparato propagandístico condenada al fracaso.
Resulta complejo encontrar ya una chanza ingeniosa sobre este culebrón que deja en nada los torrentes, mortadelos, escopetas nacionales, ozores... Pero la realidad sigue ahí fuera. El desastre de la vivienda. La Conferencia Episcopal alerta de un problema que desborda a Cáritas, que sustenta los pisos de familias que con sus sueldos no pueden pagar las rentas. Lo bochornoso es que cada trimestre, de media, anuncian otras tropecientas viviendas para arreglar un conflicto que es una emergencia nacional. La «no crisis» de 2007 desguazó y criminalizó un sector de la construcción que sería más imprescindible que nunca. Quedó reducido a cenizas y no parece nada atractivo para emprender, al menos, hoy por hoy. Tanta demagogia entonces hace ahora inviable promover nada. Y las cajas de ahorro que sustentaban a las familias también murieron en el anterior episodio de la desvergüenza «abalada»...