Especialistas de la neolengua y el relato
Vivimos tiempos de debilidad. Escribo el día 29 de abril de este año, al anochecer. Cuando habíamos creído o nos habían hecho creer que éramos fuertes y poderosos, la realidad puñetera nos ha recordado que somos débiles y vulnerables, además de acomodados y protestones. No hace tanto el/la covid nos lo ha recordado, quizá en demasía, brutalmente. Y, al parecer, no aprendimos lo suficiente como para salir de la pesadilla habiendo mejorado humanamente, sino, según constataciones, todo lo contrario. Hay una deriva de soberbia, agresividad y violencia que se viene observando con claridad en algunos momentos. Otro recordatorio cercano de nuestra debilidad lleva la fecha del día 28 de abril de 2025, alrededor de las 12:30. Evento histórico: Día del Apagón. Aunque los días del calendario están ya llenos de efemérides, recordatorios y actividades, me permito proponer a las autoridades competentes —mejor, correspondientes— su instauración e institucionalización, con una generosa concentración civil con velas, palmatorias, pilas, botijos, bocadillos, mejor de sardinas…. Y un par de minutos de silencio absoluto para rememorar el susto.
Confieso que, en mi caso, las incomodidades fueron escasas. Volvió la luz cuando aún persistía la natural. Un bocadillo de sardinas, por ejemplo, no solo saca de cualquier apuro, sino que se convierte en una delicadeza gastronómica. Tal ocurrió en los límites familiares, con aplauso incluido a la eficacia y calidad de la lata. Definitivamente, la lata es una bendición. Pero está comprobado que cualquier inconveniente, por pequeño que sea, entre nosotros provoca reacciones muy desagradables y airadas. No digamos entre la clase política, con una violencia verbal de tantísimo mal gusto, que nada de extraño tiene que no pocos aborrezcan el sistema que nos ofrecen tipos de semejante calaña. Nada parece ponerles freno. Necesitamos gestores, no activistas violentos y agresivos que se pasan muy de castaño oscuro en apreciaciones y barbaridades. Huele a mierda que apesta.
Lo hermoso del día siguiente del Apagón es que cada cual había construido su propio relato, convertido él mismo, naturalmente, en protagonista. Nunca en mi vida me había encontrado con tantísimos especialistas en este caso en el tema eléctrico y sus derivados. Y lo narraban desde esa especie de dogma que es la neolengua, a la que Justo Navarro refiere «para nombrar eufemísticamente la realidad, a la manera de los portavoces gubernamentales». Entre las muchas soluciones que unos y otros daban, no pocos se acordaban ahora de las minas de carbón, curiosamente buena parte de los mismos que reclamaron su cierre, sin una sola palabra en contra. Cómo y cuánto se olvida eso de la coherencia, tan poco habitual. Y la desazón de saber que una de las personas con responsabilidades en el asunto cobra unos mil quinientos euros al día, más por tener carnet político que por formación específica en el sector. Sea como fuere, uno lo considera una inmoralidad, una agresión social de proporciones vergonzosas. No me extraña que se maten por los puestitos. Así nos va. Regeneración. Regeneración. Regeneración hasta que el próximo Apagón rime con ética. Largo me lo fían.