Cruda realidad
Había un relato historicista y repleto de quejas, ahora se está construyendo uno económico, un argumento en lugar de un sentimiento, con el que vestir al leonesismo. No hay lamento, porque el dato anula al relato, incluso al propio. Solo cruda realidad. En el empirismo de la cifra socioeconómica no hay debate posible: lo que es, es, sin glosas más allá de la exposición imparcial y seca. Por ejemplo, los presupuestos provincializados: la Junta arguye que en los últimos ejercicios León se ha visto ensalzado en relación al resto de provincias; desde el leonesismo se replica que la mayor parte del pastel no está incluida en esos presupuestos provincializados. ¿Por qué no se hacen públicas esas partidas que al parecer no contabilizan en el reparto? ¿Será porque se distribuyen nominativas o porque carecen de equidad? Preguntar por esto, para algunos, es poco menos que secesionismo. Desestabilizar, lo que se dice desestabilizar de verdad, sería que una de las partes se estuviera llevando el grueso de los bienes que se deben distribuir con justicia entre nueve provincias. Airear esa sospecha, desde cualquiera de las ocho presuntamente agraviadas provincias, conlleva una inmediata acusación de inquina hacia Valladolid. Es el mismo tipo de excusa de los malos estudiantes: me tienen manía. Pero no se puede hablar de transparencia sin una revisión del examen que lo mismo está aprobado que suspenso. ¿Quién puede saberlo cuando el mayor de los oscurantismos rodea el asunto?
El impulso del leonesismo —al menos el de última enunciación— no es la tirria hacia nadie, sino el hartazgo. El motor que mueve la nueva forma de reivindicar de este movimiento en el fondo ni tan siquiera es la intención de mejorar, sino el de no empeorar aún más, con la certeza de que no seguir decayendo será una mejoría. A ese punto se ha llegado. Se lo dijo de primeras el astronauta leonés al presidente de la nación: «ya ve cómo está la cosa que los jóvenes leoneses tienen que ir a buscar trabajo al espacio».
La minuciosa descarbonización, el puntilloso olvido institucional, el éxodo incesante de población que no se reequilibra ni con la afluencia de extracomunitarios han convertido a León en una zona desindustrializada. En un polo de miseria condenado al ostracismo de la dependencia de sectores tan volubles como el turismo o de la inexistente compensación autonómica, disfrazada de compasión. En un desierto humano que avanza a toda pastilla.