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Siempre me he preguntado si los papas se sienten a veces solos; me refiero a la soledad doméstica, cuando se quedan en pijama. Miro al papa León XIV y tengo la sensación de que ya lo es desde hace mucho; en meses se ha hecho mayor, quiero decir que su imagen transmite ya serenidad venerable, como si cada día le estuviese contando como un año de santa sabiduría. Ya desprende la luz de la vivencia acumulada. Y qué difícil labor la suya; entre otras, mantenernos viva la esperanza, cuando hay tantos motivos aparentes para desesperar, ese pecado. Los papas dirigen, pero no son directivos; lideran corazones, no masas. Gigantesco trabajo, necesita la ayuda de la Gracia. Sé que aquí no cabe hablar de «soledad del mando»; al menos, no en el sentido que lo hacemos de un general o de un gobernante. Sin embargo, el pontífice es humano y, por tanto, intuye uno, susceptible de sentirla, aunque sea muy fugazmente. Una vez termina su jornada, si es que concluye, ¿llama a su familia, a sus viejos amigos? ¿Al quedarse solo… se siente solo? No se me ocurre nadie que sea hoy más querido. Por supuesto, le tiene a Él, la gran multinacional de la compañía. A Francisco me lo podía imaginar en su cuarto mientras grita «¡gooool!»; y a papa Benedicto en el suyo, alternando un tratado de teología medieval con un relato detectivesco del padre Brown; pero a León XIV aún no logro visualizármelo en casero.

Cuánto trabajo para un solo hombre. Nunca ha sido fácil, pero tiene uno la sensación de que al siglo XXI se le viene encima un nuevo caos. Sobra ira, impiedad, indiferencia, «progreso» tecnológico impuesto, intolerancia… y falta amor.

Santo padre, usted no se sienta nunca solo, según las últimas estimaciones hay 1.465 millones de católicos en el mundo. Si se tiene bajón, coja el teléfono y marque un número cualquiera a azar, ya sería mala pata no haber llamado a uno de los suyos/nuestros. Lo importante es no liarse con el cambio horario. Como escribí a sus antecesores, puede llamar incluso avanzada la noche; a mí me pillará en la cama, pero con la mirada en el techo. «Hello, aquí Bob, ¿con quién hablo, no estarías dormido?». Y si hay que mentirle se miente. Quienes somos de mal dormir, tenemos muy buen despertar.