Cornada de lobo
La frustración
Qué pena, penita, pena... las palomas torcaces que plantaron su nido en el negrillo bonsái de nuestro balcón han visto que no prosperaba su puesta y que, pasados los 17-19 días de incubación, no alumbraban sus dos huevos los pichones prometidos. Aunque tardía esa nidada de mediados de julio olvidando el refrán de «marzo nidarzo y abril hueveril», estaba en el margen anidador de esta especie que va de marzo a septiembre. Y sin embargo, se frustró la promesa, huevitos hueros, no hubo fecundación y «todo quedó en lo hablado como en la escuela de Mora». Qué pena, penita, pena. Aun así, superado el tiempo natural de incubación, siguió turnándose la pareja para empollar, aunque finalmente su instinto natural les hizo comprender que la cosa no iba bien y, poco a poco, fueron abandonado su empeño hasta desistir del todo. Y ahí está el nido vacío con sus dos huevos que al trasluz mostraron que, efectivamente, no estaban fecundados, así que le rogamos a una amiga bióloga alguna explicación y, como resulta ser más neofeminista que bióloga, bromeó con que la cosa es una demostración más de la decadencia del macho en su soberbia con gatillazo en la «potentia generandi», así que su supuesta supremacía queda de nuevo abatida y que, quizá por pimerizo o por ser un «puer castrato» o estéril, marró en su deber. Con sentencia no menos absurda se pronunció un viejo rojeras de Astorga y «poeta» —al que seguramente veremos votando a Vox no tardando— metiéndose alegremente en camisa de zoólogo de once varas al asegurarnos que no sería raro que se trate de una pareja de idéntico sexo, de dos hembras ensayando vía lesbiana a la heterosexualidad exigida en estos casos y que la han cagado en su experimento antinatura. Y se quedó tan ancho el tío. En fin, que aquí sólo nos ha faltado un inquisidor de Abogados Cristianos o un Manos Limpias afirmando que esto ha sido claramente un aborto y que el Cielo castigará a nuestras tercas torcaces. Pero ninguno de todos ellos aliviará nuestra pena, penita, pena... y menos aún la de las palomas que vuelven cada poco a medir su tragedia... y miran y miran sin comprender.