CANTO RODADO
Cultivar, cuidar, mimar... amar
Quitar el agua a las acequias que, por tradición, llegan a siete pueblos del Órbigo, es cortar las venas a la vida rural

Manifestante en San Feliz de Órbigo este sábado.
Que la modernización de los regadíos pase por privar a siete pueblos del agua para sus huertos dice mucho de los tiempos que vivimos. Todo lo que sea autogestión y autoconsumo se penaliza para el beneficio de las grandes corporaciones. No es que la comunidad de regantes de la Presa de la Tierra sea una gran industria, pero lo es la agricultura que ha transformado el gran cascajal del Páramo, que soñó con multiplicar las alubias de la tierra, en un paisaje del medio oeste estadounidense rabiosamente verde y borracho de agua.
Porque el maíz consume agua a esgaya. Champán que cae de los aspersores macerado durante la primavera lluviosa en el vaso del pantano de Luna. Allí debajo duerme también la memoria de las huertas, de una vega anegada en pos del progreso.
Quitar el agua a las acequias que van a los huertos es como cortar las venas al corazón de la vida rural. El huerto es uno de los últimos vestigios de la autonomía del ser humano sobre esta tierra comprada por el mercader que ha tomado el control de Estados Unidos como quien domina el mundo y amenaza con apretar el botón rojo, mata impunemente con el brazo del ejército de Israel o retuerce las leyes federales para escatimar al congreso la decisión de poner aranceles.
El huerto es ese lugar que alimenta, alienta y sana. El huerto es un pozo de sabiduría que enseña la medida de las cosas y el valor del tan cacareado como despreciado esfuerzo. Un huerto en cada escuela. Una escuela en cada huerto. Triunfar y perder. Quitar el agua a los huertos, allí donde la tradición lleva acequias a la puerta de casa, es un retroceso del progreso avasallador, una agresión de la política sin sentido y de organismos sin alma que sirven a grandes amos en Valladolid o en Madrid.
El huerto es la república independiente de las semillas que se han perdido y están a punto de extinguirse porque lo rentable es vender semillas suicidas. Y la huerta ese vergel que debería ensancharse en provincia tan fértil de vegas, antes de que los gigantes centros de datos nos hurten más agua para ‘regar’ el algoritmo. Al tiempo.
El huerto siempre fue el complemento de la labranza. De la vida sencilla y de la dignidad de los pobres. En mi casa, se llamaba ‘la noria’ a ese cacho de tierra alrededor de un pozo que antaño se regaba con el agua vertida por los cangilones. Un burro era el encargado de mover el ingenio. Yo conocí la era del motor Piva y comí de aquellos tomates, lechugas, judías verdes y hasta melones y sandías que mi padre cultivaba con tanto esmero. Nunca se pudo despegar el hombre de la tierra. Mi padre, que tuvo que salir de su tierra para abrirnos mejores horizontes. Allí donde se ajustaba de pastor, encontraba él un trozo de tierra para hacer huerto. Ni terreno seco se le resistía. Unas zanahorias, unas fresas... a la puerta de la cocina en aquella casa prestada. Y, finalmente, fueron los jardines, rosales y lilares, su último contacto con el arte de cultivar, que es cuidar, mimar... amar... lo único que nos salvará. Yo también sueño con un huerto.