Diario de León

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Dormir bajo lona y en colchoneta sobre tierra debería ser alguna vez obligada asignatura veraniega para toda chavalería, ellos y ellas, separados o juntos, pero no revueltos. Ahí se aprende que la tierra tiene latidos donde duermen las raíces entibando el túnel del topo y la noche rompe silencios que cabalgan en los ecos del misterio y susurran miedos lobos o bobos... siempre y cuando no se instale la acampada junto a río o torrentera porque jamás ha de ponerse mojón o levantar casa, y menos aún de lona, sobre lo que el viejo chino llama «venas del dragón», venas que en ocasiones, intempestivamente, se hinchan y revientan como hizo hace poco el río Guadalupe en el estado de Texas llevando a la muerte a unas trescientas almas, muchachada campamental muchas de ellas. A los ríos nunca se les tutea... mucho respeto... de usted y con distancia, salvo si van serenos e invitan.

Sostiene la psicología que la vida campamental proporciona a los chavales una inmejorable oportunidad de socializar que les saca de la viciosa cueva digital en la que naufraga su formación y les sitúa en un entorno natural del que seguramente poco o nada saben... y alguna lección será clave en su crecimiento. Ahí se traban amistades que en muchos casos perdudarán. Descubrirán la simpatía o antipatía como código del ecosistema humano. Y aprenderán que «a bicho que no conozcas, jamás le pises el rabo». Y ya que les gusta hablar con papá Gepeté, pregúntenle de lo bueno que tiene vivir unos días en ciudad de lona: desarrolla actividades sociales de comunicación o liderazgo, fomenta la independencia y la confianza, conecta con la naturaleza, divierte y crea lealtades, desarrolla la resiliencia, da oportunidades al aprendizaje en áreas deportivas, artísticas o científicas y permite explorar sentimientos, intereses o talentos... y sobre todo, ofrece a los padres un respiro en sus responsabilidades sabiendo que sus hijos están en un entorno seguro y enriquecedor. En resumen, un campamento es una valiosa oportunidad para el crecimiento y fomenta valores o recuerdos que perdurarán en la vida (aunque no tantos como la mili o un colegio de monjas).

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