Diario de León
Luis Urdiales

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En la mitología griega, Prometeo le robó el fuego a los dioses; los romanos, más prácticos, pusieron a Vulcano en una fragua como herrero de la forja de lo divino. Otra parte de la cultura de Mesoamérica le asigna a la serpiente emplumada un tutorial para instruir en el uso correcto de la lumbre. Algo así como que nunca chisques en la hierba que levanta más que los piornos, a la hora de siesta y con el viento a favor de obra. Estos locos sueltos le han vuelto a poner a León al límite del aguante, mientras los profetas del fin del mundo y de la doctrina que nació de las cenizas de la República Democrática Alemana aprovechan el desconcierto para tratar de sacar otro par de subvenciones a costa de la mano en el bolso ajeno que ya a duras penas da para sanidad, educación, el vuelo del falcon, las putas de Berni o las fiestas de la Mareta. Nos cuecen a fuego lento y quieren soliviantarnos con mensajes de la factoría de ficción de la realidad marxista, a ver si cuaja la revolución, porque las llamas asalten los palacios de verano. Te abrasan a impuestos y te exigen rebeldía porque a tres dementes se les va la mano con el mechero para allanar el monte por encargo, para que el impacto ambiental no trunque el futuro de la placa solar. Agenda veinte, versículo treinta del evangelio de Von der Leyen o de las cartas de Al Gore a los zapaterianos. Hace tanto tiempo que abrasan cerca, que Benuza termina por ser en agosto entre pirómanos lo que Fonte da Cova al parte de carreteras con cadenas. En cuatro décadas de negocio, ya aprendimos la lección del negociado. Un valle abrasado hoy, garantiza que en cinco años, al menos, no se va a repetir la catástrofe. Cuando arrasaron la panera de la resina en Castrocontrigo no salieron reportajes sobre qué territorio era el más beneficiado por el cerillazo. Luego, está la lumbre que alienta a los iluminados. Esa es la más peligrosa. Echar a las brasas un delirio atiza las meninges. No hay nada que la noche no pueda apaciguar. Mira el deseo, que eleva a los cielos para fundirlo contra el alba. Ahí, también, claudican las llamas. Mientras la UME las canaliza al callejón sin salida que ofrece el punto de rocío.

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