Diario de León

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Nos cuenta quien tiene casa familiar en Arnado —valle del Selmo arriba, ahí donde la bercianía ya se maquea gallega lamiendo la sierra de Courel— cómo se les tronzó el alma y se les iba el respirar cuando el humo y las llamas más feroces nunca vistas nublaban su mirada cercando al pueblo. Y que, fugado el fuego sin dejar atrás nada que quemar, lo que antes era todo gran monte panzón tapizado en matorral verde escobedo o urzal nazareno con no poco roble, encina carrasca, castañales aquí y allá y mucho aliso o fresno en la artesa del valle o por donde brinca el agua menuda de los arroyos, quedó todo convertido en sudario negro tizón que alargará su luto por un largo tiempo, gran luto en naturaleza viuda que tardará en aliviarse. La tristeza más enorme y el desconsuelo más inconsolable les roba las palabras. Describirlo se les hace redundar en muerte y ya ni prefieren hacerlo. Pero antes que nada, lo que más les sobrecoge ahora es pararse en la carretera o en un camino alto, alargar la oreja y escuchar ¡la nada! El silencio es absoluto y casi tan aterrador como lo fue el crepitar bronco y rugiente del fuego. Porque nada se oye ya. La vida paró. Murió. O huyó. No hay pájaros, ¿dónde se habrán ido? y... ¿«where have all the flowers gone»?... ni el viento o la brisa tienen ya ramas con hojas para hacerlas musitar susurros o sonajas. El cielo está vacío, nidio. Sobre ceniza ardiente mucha fauna heló el paso. Y la vieja expresión «silencio sepulcral» nunca encontró mejor lugar para hacerse literal, cruda y letal. Y eso, más que todo lo visto morir, derrumba la esperanza y enflaquece las fuerzas para recomenzar y rehacerse. Serán décadas, aunque el monte bajo empiece lentamente a resucitar dentro de tres años. Y ahora que el fuego enmudece, hágalo por favor este guirigay político nuestro que sólo quiere envolver en ruido su propia culpa, su grandísima culpa. Respétese un mínimo duelo y el silencio que exigen forenses y cabales expertos examinando el cadáver y su por qué. Hablen sólo ellos y cállense de una puta vez las siglas en su idiotez altisonante incendiando sus corrales electorales. Vale ya de quemar la poca fe que nos quede o les debamos.

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