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Estamos asistiendo al espectáculo de varias crisis de la mediana edad. Ese momento en la vida en el que uno se da cuenta de que el tiempo es finito y se compra una Harley. A los pobres, por la razón que sea, este síndrome espeluznante les afecta menos, pero en los futbolistas resulta especialmente doloroso. Ahí está Sergio Ramos para demostrarlo. Ha recibido muchas críticas y todas injustas. Cuando uno ya tiene tatuajes hasta en el pescuezo y ha perdido la cuenta de los Lamborghinis que están aparcados en su garaje, no le queda otra opción que meterse reguetonero. Los hombres del Renacimiento son así, inquietos y febriles, y, desde que se inventó el autotune, ancha es Castilla. Otra opción podía haber sido escribir un ensayo, aunque entonces correríamos el riesgo de que le sucediera como a Cassano, compañero suyo en el Real Madrid, que, cuando presentó su segunda autografía, exclamó con un puntito de sorpresa: «¡Ya he escrito más libros de los que he leído!» Las crisis de la mediana edad hay que afrontarlas en su momento. Quizá si Putin se hubiera echado una Harley a los cuarenta no lo tendríamos ahora fantaseando con la inmortalidad. El chino Xi, de natural misericordioso, le vino a decir que los setenta son los nuevos quince, pero Putin apunta incluso más lejos. Es una perspectiva ilusionante para el mundo en general y para Ucrania en particular: el tipo calcula que injertándose compulsivamente órganos de otro podría alcanzar la eternidad. No lo descarto. Siempre habrá algún Medvedev dispuesto a prestarle el páncreas y seguro que hay formas de eliminar a los disidentes sin que sufran ni sus córneas ni sus riñones. El polonio, Vladimir, no creo que valga.