Diario de León

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Todos somos ecologistas en una u otra medida: pienso que nadie razonable puede abogar por la destrucción de la naturaleza que es nuestra casa, el único planeta en que nos es dado vivir. Nadie en su sano juicio, por lo tanto, abomina a conciencia de la defensa del medio ambiente, aunque no es menos cierto que tampoco nadie debería ser pirómano. Así que existen incendiarios y gentes que insultan llamando «ecolojetas» a quienes promueven estrategias de amparo hacia nuestro entorno. Por ello, el primer mandamiento para ejercer cualquier tipo de poder debe ser lo que existe. Lo que es o está, aunque se oponga a nuestros ideales, es materia más firme que estos, aunque no por ello deje de parecernos una desgracia. Pero las cosas son como son y por ello hay que hacer distingos entre lo imprevisible y lo inevitable. No se pueden pedir responsabilidades políticas por unos vientos cambiantes, pero sí por no haber previsto medios suficientes contra esos vientos en caso de un incendio, porque esto es evitable.

Quizá sea por eso que uno no cree mucho en el ecologismo de gestión ministerial, sino en el ecologismo de proximidad, el que conoce el paño que está en el arca. Ganaderos, cazadores y pescadores, personas que viven en los pueblos y tratan de sobrevivir en ellos cada día promoviendo negocios rurales: esos son los que saben cómo subir al monte y dónde se debe cortar un fuego, los que conocen ese rincón del río donde hay una pareja de desmanes no contabilizada por los trampeos y los senderos que se han cegado porque han dejado de pasar las vacas hace lustros. Si en una ciudad desconocida nos fiamos del consejo de la gente para encontrar un banco o una tienda, deberíamos escuchar a los colectivos que están en contacto permanente con la naturaleza a su alrededor. ¿Se es menos ecologista por eso? Acabamos de ver, en el desolador incendio de Omaña, cómo el pedáneo de Fasgar, junto a cosas que se habían hecho bien para intentar extinguirlo, señalaba otras que eran errores flagrantes, dictadas por un experto sobre un plano desde una oficina lejana. No era esta manifestación tanto crítica como dolor. El de ver cómo se consume, en el incendio más duradero que ha habido, la patria chica, amenazando la casa del padre. Todas las casas del padre desde el Valle Gordo hasta Igüeña. Muchos dolores juntos.

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