Las pulseras que simbolizan un fracaso
La protección de las 80 mujeres víctimas de violencia de género que actualmente confían en León en sus pulseras antimaltrato se ha convertido en un programa plagado de fallos. Lo que debería ser un escudo infalible contra la reincidencia se ha transformado en un colador de errores informáticos, absoluciones judiciales injustas y riesgos muy graves. Este no es un problema aislado, sino un síntoma de negligencia institucional que pone en jaque la credibilidad de las políticas de igualdad. El detonante ha sido el colapso del sistema responsable de monitorear estas pulseras electrónicas, que abogadas defensoras de las mujeres y las propias ONGs lo llevan anunciando durante los últimos meses, incluso años. Como resultado, decenas de agresores han sido absueltos o sus casos sobreseídos, dejando a las víctimas expuestas a un peligro inminente. El Gobierno, ante esta tormenta, ha optado por una respuesta tibia. La ministra de Igualdad ha admitido los fallos pero ha evitado asumir responsabilidades. El asunto no se puede quedar aquí. Es más que urgente invertir en tecnología de vanguardia y revisar los protocolos. Las pulseras antimaltrato no pueden ser un símbolo de fracaso, sino de verdadero compromiso con las víctimas. Y que este fallo no se convierta en una tragedia irreparable.