Creado:

Actualizado:

Q ué pocas personas merecen y les honra realmente el don que prologa su nombre propio, don, abreviatura del dóminus latino, dueño de su domus/casa, señor. Por eso a don Julio le sobraban incluso los apellidos que tanto le significan, Caro Baroja, sobrino de don Pío, señor del casón familiar de Itzea en Vera de Bidasoa, antropólogo, historiador, etnólogo, ensayista, polígrafo a la antigua, dibujante, hombre grande de llaneza humana (casaba zapatillas con su traje y siempre con pajarita hasta en la ducha). Hablé con él a menudo montándole a Concha Casado la exposición «Indumentaria tradicional» que le hice en Pallarés y que don Julio no pudo o no quiso inaugurar (¡ay, esta Conchita, qué pesadita!, me decía). Se presentó un día en una charla que daba yo en congreso etnográfico en Astorga y me quedé mudo viéndole allí de oyente con su ejemplar humildad de sabio («el matriarcado leonés casi me admira más que el vasco», comentó al final). Y me viene al día porque hay que releerle y, si no, leerle, descubrirle, empezando así el nuevo curso con lo que no leímos en verano. Y aprenderle: «La identidad de grupo no obedece a verdades ni a tópicos románticos, tan manipulables ideológicamente»... «la tradición es con frecuencia la historia falsificada o adulterada»... «no existen caracteres o esencias nacionales y mucho menos eternos o atemporales» (sépalo ese León que ahora fabrica tarde y urgidamente una identidad más patriotera y de grada que interior... y recuerde a Miguel de Unamuno: «El fascismo se cura leyendo y el nacionalismo se cura viajando»).

Y otro sabio para este septiembre, el «nobel» Elías Canetti (Cañete, su apellido real, descendía de sefarditas). ¡A leerle, chaval!, porque tenía clara una cosa: «El poder es una enfermedad mental» (su obra básica, «Masa y poder», 1960). El autor de «La provincia del hombre» (también de leer obligado) pensaba que «el deseo de dominar a los demás o de fundirse en una muchedumbre nacía del miedo a la muerte». Su obra póstuma, «El libro contra la muerte», brilla en alegato para hacer inmortal lo mortal. Léele. Te asombrará. Te desconcertará. Hasta te divertirá. Y gozarás sabiendo.