Flores en las tumbas
Este próximo sábado, inicio de noviembre, es un día, como se conoce por tradición, dedicado a la memoria de los fallecidos, de los difuntos. Son muchas las tradiciones y ritos establecidos en todo el mundo y diversas culturas en fecha tan señalada. Entre nosotros, sin duda la más acentuada es asistir al cementerio para rezar por las almas que ya abandonaron este mundo. Además de convertirse el camposanto entonces en un punto de encuentro de amistad y de no pocos recuerdos compartidos seguramente, de forma especial por su cercanía, en las poblaciones más pequeñas, cuyos hijos, dispersos por otras geografías, no suelen dejar pasar la cita que encierra motivo tan especial. Y de llevar flores, un acto de profundo significado cultural y emocional. Las flores, independientemente de las diversas clases y estéticas, acentuadas por los mercados y sus imposiciones, simbolizan la conexión entre los vivos y los difuntos: es, sin duda, un recordatorio de lo efímera que es la vida, lo que intensifica la unión espiritual con los seres queridos fallecidos. Como si se estableciese un diálogo, en esa especie de cercanía a la visión indígena del retorno transitorio del alma de los difuntos.
El origen de la tradición de las flores no es muy conocido. La crearon los egipcios, que siempre pensaron que las plantas, la vegetación, las flores eran lo opuesto al desierto, lo contrario a la muerte. Dejar flores en la tumba de una persona es un regalo de vida, gesto mágico tan hermoso que se sigue utilizando entre nosotros como un gesto de recuerdo, admiración y respeto.
En este contexto los árboles adquieren su propio significado. Quede aquí solo constancia de dos. Antiguamente, por una parte, el tejo era conocido como el Árbol de la Muerte. Se creía que tenía un significado místico y sagrado en cultos paganos precristianos. Nada de extraño tiene, por tanto, que algún ejemplar —hay casos notorios en nuestro territorio— estén aún junto a iglesias cristianas. Como contraste, pero con simbología funeraria también, el ciprés, más popular sin duda. Se piensa que como siempre está verde y majestuosamente apuntando al cielo, ayudaba a las almas de los muertos a elevarse en esa dirección.
Es cierto que son muchos los aspectos de la tradición, sin olvidar también los gastronómicos, que se diluyen con el paso del tiempo. Pero si la muerte es uno de los elementos, o el que más carga de tristeza trae consigo, no es menos cierto que encuentros como el de este día ponen algo de luz en la reflexión sobre nuestra vulnerabilidad y dependencia. Con cierta alegría, para qué negarlo.