LEÓN EN VERSO
Palos a la gallinita ciega
A Cela le dio por compararnos a los leoneses con las gallinas después de almorzar huevos en su asilo paradisíaco del Curueño; se ponía como un pego, con lo que hablaba con conocimiento de causa; porque con la panza llena, siempre se ven las cosas de otra forma. Por si alguien se llegara a sentir ofendido, nos llaman ahora cosas peores algunos políticos de Soria y otros socialistas de cuyo nombre es mejor no acordarse. Por votar gestos y catecismo ideológico tenemos gestos, y los huevos camino del euro; la unidad; no la docena. Lo que cuesta un huevo, en toda la extensión del término. Así que las gallinas están de moda sobre la planilla de recursos con los que el mesianismo burocrático de Bruselas y su dorsal de funcionarios que llega hasta la avenida Peregrinos, emplea para resolver los mismos problemas que crea para afianzar el poder: se cura lo mismo la tuberculosis de tejones y jabalíes que el virus de los gansos: la matanza en las granjas. De tal forma, que resulta igual de hiriente el berrinche del ministro Luis Planas cuando el consejero de Vox no le dejó degollar un rebaño de rumiantes en el valle de Burón que las declaraciones de la sindicalista agraria leonesa que el lunes invocó el guiñote a discreción, a fin de conciliar el confinamiento y los versículos canallas de la factoría rojiparda de los mastodontes de la UE, las ugemes y el bienestar animal. Al final, la encomienda veterinaria de Tolibia vale igual para los sesos de las frisonas que para el estornudo de las ponedoras un cuarto de siglo después. Por si falla la compresión lectora, queda la tele; en el informativo de la cadena de la ministra de ZP se rumia el asunto en prime time con la gira de Pedro por las repúblicas bolivarianas y las imágenes de cuatro kikas y dos extremeñas grises en el palo del gallinero; ahí, ciegas por el fogonazo de la cámara; que podían haber ido a la meseta profunda a las lagunas artificiales que llenan con sobrantes del trasvase de Riaño a grabar cómo remojan las patas los gansos que vuelven de Noruega. Siempre a favor de obra; a jugar a la gallinita ciega con los que miran a los políticos como los pollos a la avena. Confinadas las gallinas, las palomas aplauden a las ocho.