Diario de León

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Franco parriba, Franco pabajo, Franco al lado, Franco de perfil... ¡de perfil, oiga!, que viene aquí uno añorando la peseta en la que Franco nunca dio la cara, sino media cara, ocultando la otra media para que todos sus cortesanos nunca supieran lo que de verdad se urdía en ella, sólo Dios, por cuya gracia —así rezaba esa moneda— estaba él ahí por encima de todos, recordándoselo a cada españolito cada vez que rascaba el monedero apañando calderilla para pagar el pan o los huevos, cuya docena en los años 50 costaba 3 pesetas... y veinte años después, con el franquismo ya en capilla, ¡48!... que hoy cueste 3 o 5 euros dice poco, pero traducido a pesetas se sirve el susto: ¡quinientas, ochocientas!...

En los 70 se cantaba mucho aquello de «se va el caimán, se va el caimán, se va para Cuelgamuros», y el rojete cantó después ¡viva el rey! a un Emérito que hoy ve con nostalgia a Franco sin miedo a que ese tiro le atice en el pie, pues de cojito como ya anda, ¡a la vinagre!... Ay, ay, ay... y haciéndose cierto lo de «al padre se le odia y al abuelo se le imita», aquí berrean cayetanitos de red y rodolfitos de gym cantando el Caralsol por ir de cebolletas, abuelito, dime tú... y nos traen a Franco como un dios sin la gracia del gracioso Dios que le agració... o echando colonia a la camisa que tú bordaste en rojo ayer (hoy azul-braguita), que 50 años no es nada si es febril la mirada que busca y te nombra... volveeeer con la frente marchita... ¿volver?... ¡Franco, Franco, Franco!... tres francos, 42 pesetas, bien barato se vende hoy.

Lo sintomático es que busquen resucitarlo unos, revisitarlo otros y maquearlo los del carnavalito que ni lo conocieron ni «gozaron», so pena de quedarse todos sin su muleta de lidia. «Que los muertos entierren a sus muertos»... consejo evangélico que aquí no apetece; lo zombie encanta y un terror de juguete se ensaya por si hay que instaurarlo de nuevo. Con las cenizas del tiempo nos entiznamos la cara para que nadie averigüe quién es cada cual. En fin, Franco no murió, ni la rabia se acaba cuando muere el perro. ¿Celebrar unos?, ¿añorar otros?, ¿resucitarlo esos?... ¡iros al puto cuerno todos los novios de su muerte!, dice don Tirso.

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