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Cuando dentro de unas décadas se estudie el suicidio al que han inducido a esta provincia, un proyecto lo explicará todo. No por la trascendencia económica que podría haber generado, como Torneros. Ni siquiera por el daño, como las plagas de parques eólicos y solares que nos convertirán en la pila y vertedero del resto de España. Aunque sí por su ejemplo como resumen de la degradación a territorio de tercera categoría. Después de 15 años de burlas, escarnios y engaños, la capitulación del tren Feve lanza un mensaje de bandera blanca: León se rinde. No lo hace la sociedad civil, pero sí sus representantes políticos. Lo hicieron esta semana, cuando el enésimo enterrador enviado desde Madrid certificó que el ferrocarril no pasará nunca más de la parada de La Asunción, a la entrada de la ciudad, y que, tras cubrir las vías en las que se enterrarán los millones gastados, el trecho hasta la estación se cubrirá con un bus eléctrico. El anuncio confirma las mentiras de los sucesivos gobiernos desde que en 2011 partió el último convoy de los andenes de Padre Isla: las falacias del PP que recortó el proyecto, paralizó las obras y abandonó la infraestructura; los bulos del PSOE que dio coartada a la excusa de la falta de normativa y persistió en el sabotaje al servicio, con trenes decrépitos, sin revisores, ni conductores, que obligan a trasbordar a los viajeros en un triatlón de autobuses y taxis. Ahora, 6 años después de que Cendón prometiera que los trenes-tram se habían encargado, se mofan de los leoneses con la disculpa de que no pueden justificar una inversión de 36 millones en los vehículos porque no quedan apenas usuarios. Lo próximo será el cierre de la línea porque habrá tan pocos en los pueblos que cabrán en un taxi. Sinvergüenzas.

El fraude lanza un recado. No se trata de que no interese invertir en Feve, sino que no renta hacerlo en León. No tiene consecuencias porque los votos aquí no les cambian nada, ni les penalizan. Los mismos alcaldes implicados, entre los que se anota el cómplice Diez que hace un año bendijo la medida, venden la solución como «lo mejor de lo peor», admiten que toca conformarse con lo malo e inducen a la resignación. Si nos rendimos esta vez también, sabrán que pueden doblegarnos siempre.