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La primavera, decía Ramón Gómez de la Serna, «trae un cucurucho de golondrinas y lo abre», como proclamando así la continuidad de la vida. A finales del otoño, cuando se apunta el primer invierno, la naturaleza nos muestra la continuidad de la muerte en el manto de podredumbre de las hojas caídas y las ramas desnudas, las calles vacías y los nidos de los pueblos abandonados. Toda la existencia es eso: un baile, una alternancia entre los signos de continuidad de la vida y los de la continuidad de la muerte. El hombre, en medio de esa gran obra, comprende el melodrama pronto: asistiendo a bautizos y entierros, vertiendo el brindis de unas sonrisas o el bálsamo de unas lágrimas. Y tal vez por eso halla amparo en creencias y religiones, buscando ponerse a resguardo del viento del tiempo que pasa y deja sobre sus hombros cargas llevaderas o insoportables, con las que igualmente hay que pechar porque ponerse de perfil no es buena opción más que para las veletas.

En el falso morir otoñal la naturaleza nos da una lección de vida: no es un final sino un retraimiento, que además se produce justo después de los frutos, tras la exuberancia de entregar a la voracidad de la tierra y sus habitantes lo mejor que de ellas mismas pueden ofrecer las plantas. Apenas el tiempo de las cosechas ha llegado y ya está el cielo funeral anunciando con sus helores el final de ese festín pródigo, transformando cada resto en humus que revitalizará el siguiente renacer. En la belleza máxima de óxidos y ocres y setas que se van destiñendo aterrizarán las primeras nieves con el luto blanco del paisaje, con el terrible duelo prematuro de lo infantil.

Savia atesorada en las más hondas raíces, cuatro pájaros refugiados en las migajas de las ciudades, desintegración y resurrección. La primera amapola de la primavera es la última flor de otoño: una semilla enterrada que golpea con sus dedos la puerta de la tierra que se despereza de esos hielos que casi llegaron a parecer perpetuos. Los pardales picotearán entonces los botones de unas ramas por las que ya circula la sangre reservada en aquel otoño ya casi olvidado, cuando todo refulgió en colores inverosímiles y sabores dulces y lentos como la miel. Eso que está sucediendo ahora, mientras escribo o lees, ahí fuera, ante nosotros.