Diario de León

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Temo que más de uno, al llegar abajo, donde pone OJD —confío en que alguien lo leerá todo— se decepcione con el final. La Justicia es la gran protagonista de las últimas jornadas. Cautivo y desarmado el Poder Legislativo en casi todos los rincones de este país, el Ejecutivo —por aquí y por allá— fagocita con una apetencia sin fin todo tipo de instituciones, entidades y chiringuitos, con una última barrera que se le atraganta: la judicial.

Digo que la Justicia tiene que ver con la risa por aquello de que, como bien dice la sabiduría, ambas van por barrios. En España padecemos cada jornada esa presión agobiante de los que proclaman que la ley y las sentencias hay que cumplirlas, digan lo que digan. El otro día escuchaba un buen argumento: el Congreso podría aprobar en una sesión que se implanta la esclavitud. Eso no la convertiría en constitucional, ni la haría ética, ni tampoco legal porque, afortunadamente, la Justicia tendría capacidad para frenar el asunto por no ajustarse a normas superiores, como son la propia Constitución, o normativas europeas e internacionales. El conflicto llega siempre cuando las cosas no son como yo quiero. Entonces se me indigestan y ya propago la opción de recurrir a la objeción, la resilencia... ya no es todo tan férreo. Al revés, se justifica la rebelión.

Tengo el convecimiento de que entre los jueces y fiscales hay mucha manzana podrida. Y que no son seres asépticos a los que no les pesan sus formas de percibir el mundo. Pero lo que no vale es jugar a buenos y malos, a que si condenan a mi rival todo está bien hecho y hay que asumirlo sin capacidad de crítica. Y si la pena cae en mi bando, entonces todo es producto de no sé cuántos intereses malignos. En la judicatura ni siquiera son respetuosos entre ellos. Ahora sale un fiscal y, para vender su libro, osa desacreditar a todos y cada uno de los jueces y fiscales que sí trabajaron el caso Carrasco y condenaron a Raquel Gago. También ha salido la sentencia del accidente mortal de la Vasco, y no sorprende a los que saben de minas. Aquello fue un infierno de sumas de mala suerte como nadie podía preveer. Se cocinaba algún aquelarre. Tampoco ha gustado lo del fiscal Ortiz, que condena—entre otras cosas— a periodistas que enfangaron la sacrosanta profesión como testigos de la mentira.

La Justicia es cada vez más necesaria en su papel de freno. Y para probar que el afán humano de controlarlo todo es inútil. El grisú explota, los ríos se desbordan, y existe un fleco de imprevisibilidad que vence cada pulso que el hombre le echa. Cuando alguno dice que queda todo «atado y bien atado». Lo dicho, por barrios...

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