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Le traté ya en sus 90, venía a León desde Valladolid o Madrid muchos fines de semana, conducía él mismo («como el Cadillac que traje de Detroit en los 50, el primero en España con aire acondicionado»), y antes de nada pasaba por el cementerio de Puente Castro por saludar a su mujer y presentarle el parte de novedades. Junto a ella duerme hace trece años una paz bien ganada, aunque inquieta por los nudos que no pudo dejar atados pese al tanto tesón con que se aplicó a cada uno de sus más variopintos negocios y afanes. No sólo me admiraba su vitalidad, infatigable a esa edad; me asombraba su memoria de celoso contable y recordaba hasta con céntimos el precio exacto de un camión Leyland que había vendido sesenta años atrás, los cientos de traviesas de ferrocarril que había aserrado y mercado, la flotilla de camiones que alquiló para llevar patatas a Asturias o aquellos con los que comenzó a transportar carbón a Zamora tras la Guerra Civil, lo que le permitió acabar comprando minas para ser en 1951 el primer minero privado con más producción y plantillas (buen recuerdo le guarda el valle de Sabero)... y recordaba los negocios que trabó con Carlos Pinilla antes de ser gobernador de León y las contratas con Girón de Velasco y la «Dirección General de Regiones Devastadas», los bloques de pisos que construyó en Avilés, los fletes que surcaron sus barcos mercantes o pesqueros en Mauritania, Chile y Argentina, el servicio de microbuses de Madrid que controló hasta 1975, los cuartos exactos que le costó el banco de Medina en 1966 que compró a Colón de Carvajal, su definitivo trampolín, porque le inyectó dinero, lo llamó «de Valladolid» y al serle intervenido en 1978 tenía 800 empleados y 60 sucursales junto al conglomerado de sus empresas que lo sostenían... y aunque los tribunales dictaron una indemnización de más de mil millones de euros, tretas y demoras le impidieron cobrarlos, pero no dejaría de porfiar judicialmente hasta su muerte, proyectando incluso nuevas empresas... Era un leonés de especie extinta, roto su molde. Domingo López era. Vivió todo un siglo. Y tiene tanto de novela como hoy de olvido. Esto es León.

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