Diario de León

SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS

Arturo Pereira

Arturo Pereira

Una buena dosis de oxitocina

No cambio un buen vino por la mejor realidad virtual

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A medida que se aproxima la Navidad es conveniente ir buscando socios que nos ayuden a ser más felices. No está bien que en fechas tan señaladas mantengamos dosis elevadas de enfado y agresividad. Ni siquiera los más funestos detractores de esta época del año logran mantenerse al margen del espíritu navideño.

Somos entes biológicos y como tales nuestras hormonas determinan de forma decisiva nuestro estado de ánimo. Entre estas destaca, según los especialistas, la oxitocina. Polivalente y de un rendimiento extraordinario, es clave en nuestra felicidad. Sin ella, nuestras relaciones sociales y sexuales no serían al menos tan satisfactorias como debieran. Creo que se merece la debida consideración dada la transcendencia de su función en asuntos de tamaña importancia para nuestra felicidad. La empatía y cordialidad dependen en gran medida de ella. No en vano, alguien tan inquietante como Aldous Huxley consideraba que una de las cosas más importantes que había aprendido a valorar en la vida eran las buenas maneras y la educación. Este visionario, al menos en lo que se refiere a determinadas distopías como las granjas humanas y la falta de afectividad sustituida por protocolos normativos determinantes de las relaciones humanas, supo adelantarse a un mundo infeliz bajo la etiqueta de feliz. El lenguaje y las etiquetas lo soportan todo, pero no la realidad ni la naturaleza humana. La estratificación del ser humano, independientemente de los criterios que se siga para definirla, es un atentado contra las personas. En su obra Huxley clasifica por orden alfabético a los seres humanos y les atribuye funciones y responsabilidades según sus capacidades. Son creados, predeterminados mediante selección genética, sin posibilidad de enmienda. No existe el matrimonio, ni las relaciones sexuales exclusivas o reservadas para la persona amada o simplemente para aquellos que resulten más afines, se trata de una convención social sin ánimo de procrear, se reducen a mero acto mecánico. La oxitocina no tiene cabida en el mundo de Huxley. La cuestión es si en nuestro mundo la oxitocina es necesaria o no. Sabemos que está en nosotros pero, lo que no tenemos muy claro es si seguirá entre nosotros en el futuro. Todo lo que no se activa acaba por perecer. Nuestras pautas de comportamiento obran como inhibidores de la oxitocina. Frente a la emoción estamos cayendo cada vez más en la apatía, frente a los desafíos nos dejamos embargar por el conformismo. Algunos movimientos sociales de los años sesenta y setenta del siglo pasado fueron criticados por hacer una explícita apología del amor libre y fomentar las relaciones sexuales. Todo es criticable y más en aquella época en la que una rígida moral, no solo en España, imponía un modelo aceptable de conducta excluyente. Actualmente, se están poniendo de moda conductas que abogan por una carencia total, no solo de relaciones sexuales, sino reduccionistas al mínimo de las relaciones sociales. No es que uno pretenda ser lo que antaño se etiquetó como libertino pero, las opciones no son nada alentadoras y casi me gustaría regresar sesenta años atrás. Al menos la perpetuación de la especie estaría garantizada. Es inquietante ver como nuestras relaciones sociales y por lo tanto el ejercicio de la cordialidad van perdiendo protagonismo en favor de la relación persona y máquina. Gran parte de nuestras conversaciones giran en torno a la inteligencia artificial, realidad virtual y cosas semejantes. El antropocentrismo que revolucionó el mundo corre el riesgo de desaparecer y con él la oxitocina. No sé que vendrá pero, yo espero no verlo y mucho menos vivirlo. No quiero vivir en un mundo lleno de realidades virtuales que anulen el olor de un buen vino de nuestra tierra maridado con una explosión de oxitocina en una cena de amigos.

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