CUERPO A TIERRA
Turismo de interior
Paisaje, cultura, historia: los mimbres con que el turismo de interior debe establecer su estrategia para competir con el turismo de banderas azules y paella o pescaíto frito, contra los centros de atracción de masas llamados parques temáticos, contra la costumbre del sol y los dulces hábitos de la siesta y el tinto de verano bajo la sombra de las palmeras… Rivalizar con la playa y el chiringuito no es tarea fácil, ni se dirige a todos los públicos: poco calado tendrá entre los que solo buscan un ocioso descanso para restañar las heridas de once meses de laborables suplicios. Aceptar de mano ese hándicap de un menor espectro potencial de clientes supone una buena decisión y un ahorro importante de recursos. Evitar desgastarse contra la evidencia de la realidad es un postulado realista.
La promoción de unos territorios como los nuestros entre los virtuales viajeros debe avivar una curiosidad que aspira a ser activa, que por ejemplo exige no paisajes «ante» los que se está, sino «en» los que se está. No es menor el matiz: el turista de interior busca inmersión en la vida, no mera contemplación de esta, en cualquier momento del año. Por suerte, en nuestra región contamos con un sinfín de lugares a los que no se va por ir, sino a los que se acude con la intención de realizar algo: pasear un hayedo otoñal, escuchar un concierto bajo el cromatismo de unas vidrieras góticas, degustar una gastronomía y vinicultura únicas, visitar un monumento milenario. La labor prioritaria de las instituciones es difundir nuestras maravillas y ofertarlas –mientras no ardan– de un modo que fomente estancias demoradas antes que raudas visitas de «toma foto, apaga la luz y vete».
Cualquier apuesta más decidida en este sentido no puede fallar. Sobre todo porque también contamos con propuestas novedosas y sobre todo inteligentes, que es lo que distingue al turismo de calidad, el que va en pos de piezas únicas, experiencias que se pueden copiar pero no igualar, como por ejemplo ese palacio de la música pop que es la Fundación 45 o esa incomparable nave de la ilusión que, desde hace más de veinte años, aterriza en León por Navidad bajo la forma de un festival de magia. Iniciativas privadas apoyadas por las instituciones, ya que estas, pese a patronatos y asesores, no es que generen grandes ideas últimamente.