Diario de León

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En sus años mozos —y no tan mozos—, Ana Obregón inauguraba el verano posando en bikini para las revistas. Eran aquellas exclusivas del Hola imágenes felices y un poco ridículas, que daban para el comentario risueño en bares, taxis y peluquerías. Con su currículum, uno podía imaginarse a Ana en cualquier portada, incluso en la de la revista Science —sección biólogas por el mundo—, pero su aparición estelar en el New York Times nos ha dejado descolocados. Desde la llegada de Trump al poder las señales se acumulan, pero no sabemos interpretarlas. ¿Estamos al borde del apocalipsis o en el umbral de una nueva era? Yo me asomo todos los días al Washington Post con el temor de encontrarme a Leticia Sabater en la página cinco, momento en el cual el armagedón sería inminente y solo nos quedaría rezar o abrazarnos en pelotas a las sequoias, según las creencias de cada cual y el frío que haga.

Para nuestra tranquilidad —y para disgusto de los lectores habituales del Post—, Leticia aún no ha salido con su villancico, «ponme el rabo atrás», en la prensa americana, que sigue inexplicablemente fiel a Mariah Carey, así que aún existe una pequeña posibilidad de que el mundo llegue al año 2026. Volvamos, por lo tanto, a la relación entre Ana Obregón y Jeffrey Epstein. Que conste que yo puedo hablar con cierta autoridad porque en su momento vi salir a Ana en aquel célebre episodio del Equipo A, en plan «guest starring», luciendo una melenaza de starlette racial y prometedora. Salvando las distancias, con Ana nos está pasando como con Leire Díez: pensábamos que todo lo suyo eran invenciones y fantasías y al final, ya ven, las dos manejan agenda y están en la espuma del mundo.

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