Películas, dogmas y otras tonterías
Uno de los leoneses más notables, pero, desgraciadamente, poco conocido en su tierra, es Rafael Lazcano (Mondreganes, 1957), historiador, bibliógrafo, biógrafo, polígrafo y editor, áreas en la que goza de reconocido prestigio. Compañeros en Roma durante cuatro años, Lazcano acaba de publicar una Biografía de León XIV: El Papa agustino, peregrino hacia Dios, un volumen de medio millar de páginas y un notable reportaje fotográfico, al margen, naturalmente, de la visión tan cercana de la figura del Papa, con el que convivió siendo estudiantes. Es uno de los muchos libros que se apilan en mi mesa esperando su turno de lectura. No sé, por tanto, al menos de momento, si habla de las preferencias cinematográficas de León XIV. Viene a cuento porque recientemente le preguntaron al Pontífice, que recibiría por entonces a un nutrido grupo de actrices y actores, por las cuatro películas que más le habían gustado hasta el momento.
No recuerdo los cuatro títulos. Sí uno porque se convirtió en el centro del comentario del crítico de una significada cadena de radio española: Sonrisas y lágrimas, en la que se narra la vida de una novicia austríaca, que cambia cuando tiene que cuidar de los siete hijos del capitán Von Trapp, de quien se enamorará. Seguro que muchos ciudadanos españoles recordarán la película porque fue muy vista por varias generaciones. El especialista, crítico o contertulio, lleno de soberbia, dejó una estela de estupideces en su comentario que lo llevaron a calificar de indigno al Papa por blandengue, sentimental y lacrimógeno, atributos que se desprendían, según él, de sus gustos, que, por otra parte, uno no acaba de entender los adjetivos como expresión de esa maldad soberana que dejaba entrever el sabio dogmático de las ondas. Esa manía que algunos que tienen el micrófono por el mango pretenden mostrar calificando y etiquetando a las personas y aplicando el rodillo del pensamiento único. «A todos ha de gustarles lo que yo digo, no lo que ellos piensan, pobrecitos», parece pensar él desde el púlpito que no admite precisiones ajenas.
Me di por enterado, pues, sin colocar con precisión la película en un lugar exacto de mi tabla de preferencias personales, me gustó en su tiempo y seguramente la volvería a ver si la ocasión se tercia. Así que ya sé a qué categoría pertenezco, según los parámetros del señor sabio y soberbio de los micrófonos. Evito saber qué pensaría si supiera que a servidor le encantan las películas del oeste, hasta una diaria en vacaciones y algunas otras si la ocasión se presenta favorable. Iría de cabeza, sin duda, a consumir mis días en las alborotadas llamas infernales. Y si llegase a saber que algunas —el escritor las llamaba genéricamente de jichos— las vi en compañía de Victoriano Crémer —con sus comentarios agudos, jocosos y sin ortodoxia alguna: un gozo—, iríamos a atizar eternamente las calderas de Pedro Botero. Estoy seguro de que con tal compañía no lo pasaría del todo mal, si no se desviaba hasta nosotros alguna de las flechas de Rostro Pálido.