Cuerpo a tierra
Epatar
Espacios para la convivencia y la creatividad. Así nos venden, con artes charlatánicas —que diría Galdós— las fieras peatonalizaciones que vampirizan el tráfico y la conectividad urbana en una ciudad en vías de musealización para acoger turistas. ¿Más espacios para el arte? ¿No basta con las rotondas y las plazas desalmadas, peatonalizadas a base de cemento hasta convertirlas en explanadas-escaparate? ¿No es suficiente con colocar macetones a las calles cortadas y adjudicar colores psicotrópicos a las calzadas que se prejubilan? Lo que falta es arte y lo que sobran son espacios para el arte. Aquí lo ha demostrado ya muchas veces ese enigmático escultor que de cuando en cuando planta discreto y nocturnal una escultura que nadie le ha encargado en cualquier rincón, que conmociona durante quince minutos a las almas pacatas y es retirada en cuestión de horas por las autoridades como si el arte atentara contra el orden público. Quitando las oleadas de robos de enanos de jardín que realizan algunos comandos de arte por varias ciudades del mundo —pienso que reivindicando cierto buen gusto a través del hurto, delito que aquí creo que aún no han llegado—, se me ocurren pocas acciones tan epatantes como las de este escultor anónimo, aunque menos desconocido de lo que seguramente él quisiera. Con sinceridad, en cuanto a provocación, grafiteros y Banksy, a su lado, me parecen adolescentes con granos. Les une la nocturnidad, pero no se puede comparar una transgresión en tres dimensiones, que viene a colmar un desangelado espacio vacío, con el estupro de una simple pared que quizá ni siquiera está encalada. Epatar, escandalizar al buen burgués, es el propósito del arte desde los poetas simbolistas. Baudelaire, Rimbaud y toda esa tropa pretendían despatarrar al biempensante con sus versos y con sus vidas, y ofender el buen gusto lo adoptó la vanguardia como mandamiento principal incluso sin saber que el sentido común era el menos común de los sentidos. Atentar contra el promedio y la sensibilidad general era como disparar al pianista: una forma segura de dar que hablar, romper con lo instituido y atacar el pensamiento consuetudinario y las venerables costumbres consagradas por el uso. Seguramente, estos tiroteos escultóricos que a veces suceden en nuestras calles sean con balas de fogueo, pero son de lo poco salvable de un tiempo no precisamente prolífico en desafíos de arte al poder establecido.