Diario de León

Creado:

Actualizado:

En:

Entre las polémicas españolas más irrelevantes, y por lo tanto más febriles y enconadas, está la discusión terminológica sobre cómo debemos felicitarnos estos días. Las palabras nos envenenan. Yo mismo no estoy libre de pecado. He decretado una fetua contra las personas que utilizan el adjetivo «entrañable» y se me pone cara de Jomeini a punto de ejecutar infieles cuando la oigo. En cambio, me da igual que me feliciten las navidades o las fiestas. Mi abuela, que era una católica casi integrista, felicitaba las fiestas sin temor a que la tomaran por la reencarnación del anticristo y un servidor, que profesa un ferviente agnosticismo, pone arbolito y hasta belén en casa y va por ahí deseando buenas navidades como si estuviera a punto de irse de gira mundial con los Hakuna. A lo que no he llegado aún es a felicitar el solsticio, tal vez porque, en buena lógica, eso me debería llevar a festejar con igual pompa los equinoccios y no sé ni cuándo caen. Además, en mi región sufrimos una lamentable falta de menhires y no es lo mismo danzar druídicamente entre los majestuosos bloques de Stonehenge que hacerlo entre los pedruscos llenos de barro que hay en las viñas.

Me gustaría, eso sí, que esos tipos enfáticos que exigen a los demás pronunciar la palabra Navidad como si fuese la contraseña de nuestra civilización abrieran una noche de estas, entre el cordero asado y el turrón, los evangelios. ¡Se iban a llevar un buen susto! Imaginen ustedes el riesgo de asfixia con los polvorones del pobre Albiol al caerle de pronto encima Mateo 25:35: «Fui extranjero y me acogisteis». No me extrañaría que sufriera una repentina crisis de fe y empezara como loco a felicitar las fiestas a secas.

tracking