EL MIRADOR

Juan Gómez-Jurado

La fiesta de los otros

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Yu acaba de terminar de colocar una enorme caja abollada de cartón que contenía unas cien tiras de espumillón verde y plateado. A Yu le contaron nada más llegar a España que, después de Halloween, tocaba rehacer el bazar y cambiar las calaveras por Papás Noel, guirnaldas y figuritas de bebés con diadema de rayos y personajes de la baraja montados en camellos. Yu no celebra la navidad, claro, Yu solo la vive como un periodo en que la gente entra en su tienda y se compra cosas que él jamás compraría. Tampoco les juzga, ellos no se comprarían jamás los sobres rojos que él usa para el año nuevo chino y que llena de dinero para regalar a sus hijos y nietos. Ni los farolillos ni, desde luego, aquellas figuras del animal que representa el año entrante. No les juzga. Simplemente les observa revoloteando la tienda con un cesto en la mano recolectando bolas brillantes, elfos sonrientes y pesebres de corcho. Les ve los ojos nerviosos mientras tratan se visualizar cómo quedará ese jarrón con purpurina en el centro de la mesa de Nochebuena. Sabe que esa noche tendrá que abrir hasta tarde para facilitar compras de última hora. Juguetes a pilas gordas que tienen su obsolescencia programada para apenas dos horas, manteles floreados, monederos aparentes y bufandas divertidas durante cinco segundos. Yu sabe que mañana es la mañana de Navidad para ellos. Que tendrá también que abrir pronto, así que, en cuanto el último desesperado compre un gorro con borla, cerrará y se irá a su casa a cenar normal y dormir normal. Yu, se levanta temprano. Se ducha normal, desayuna normal. Por la ventana ve su calle y su calle ese día no es normal. Los padres separados recogen a sus hijos compartidos, que han pasado la noche en una casa y hoy comerán en otra. Los coches paran en lugares no autorizados para recoger ancianos que no pueden desplazarse. Los contenedores de cartón acumulan colinas desbaratadas de cajas desmembradas y papeles de envoltorio que él mismo vendió ayer. Yu se viste normal mientras huele a chocolate a la taza de los vecinos y a jolgorio y a empacho. Es al calzarse cuando ve ese sobre rojo en los zapatos. Uno de esos que usa en el año nuevo chino para agasajar a sus nietos. Ni idea de cómo ha llegado ahí. Pero lo abre y tiene dinero dentro: 300 euros. Exactamente la recaudación de su venta navideña de ayer. Siente la tentación de pensar que es su regalo de Papá Noel, pero luego recuerda que esta no es su fiesta y se convence de que debió extraviarlo alguno de sus hijos. Y Santa Claus sonríe. Feliz navidad, Mr. Yu.