Diario de León

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Los triunfalismos, más aún cuando se dan en política, están muy cerca de la soberbia y el descrédito. Seguramente que, aunque llueva sobre mojado, metafóricamente, no pocos habrán asentado tal afirmación en el ámbito de sus convencimientos durante la trágica presencia del fuego durante el pasado verano, que ahora traemos como recordatorio para que con tiempo se eviten la improvisación y la inacción. La prevención no es un despilfarro, es un ahorro. Basta con recurrir a las cuentas de la abuela para desdecir tanta imbecilidad reinante y tanto negacionismo recalcitrante. ¿Es así como se favorece la supervivencia y el cacareado fortalecimiento del mundo rural? ¿Será coincidencia —echen un vistazo, por favor— que las provincias que registran tantos pensionistas como asalariados sean las que más fuegos han padecido? ¿Por qué tantas promesas y engaños nacidos del calor del momento y la irresponsabilidad no están sancionados? El mundo de la engañifa crece como la hiedra devoradora entre nosotros. Con muchos agravantes, y no el menor atribuyéndose lo bueno y culpando de lo menos bueno: el descrédito creciente de las comunidades autónomas sigue esta línea, y no son ya pocos los que las consideran un gasto inútil y un estorbo insolidario, a pesar de que, en este caso, las competencias estén bien definidas. Recuerden actitudes ante el agua y el fuego. O lo que ciertos y no pocos entendidos dijeron sobre Las Médulas como respuesta, falsa y delirante, a la Unesco, o ante la creación de la UME que ahora tanto reclaman…

Llegan las susodichas autoridades políticas al escenario, alejado y transitorio, del fuego. Y buscan foto, cámara y micrófono: abundan chorraditas, ocurrencias y mentiras. Deberían hablar/comunicar los que saben, porque el fuego no es asunto para jugar. El desconocimiento y las improvisaciones no sirven. Necesitamos rigor, alejado de la mentira, que crece y engulle como las llamas. Debería castigarse severamente por ser una de las más graves amenazas para la democracia, que nunca debe asentarse sobre arenas movedizas. Pero es buena para fortalecer la polarización del país de —acuérdese: hay suficientes excepciones— no pocos mercantilistas desalmados que están siempre —de una y otra y otra parte— con la escopeta cargada para disparar permanentemente en un momento de profunda deshumanización de la política, donde parece solo servir el todo vale, cierta chulería y la moral del desgarro y el corazón endurecido, solo por sobrevivir. Es la hora del trabajo ante la catástrofe. Ni esto respetan. Ya habrá tiempo de depurar responsabilidades, que se depuran muy poco, por cierto. Pagamos impuestos para que resuelvan problemas colectivos, no los suyos ni los que ellos mismos crean. El pueblo parece estar cada día más en contra de esa guerra de la palabrería que torpedea como un dolor permanente. De una y otra parte. Cuántos sobran. Y no es pregunta.

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