Diario de León

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Trump ha iniciado el año siguiendo el consejo de Cecil B. de Mille: «Empieza con un terremoto, y desde ahí hacia arriba». Hacia Groenlandia. Aunque también puede ir hacia abajo, o hacia los lados. Algunos hasta quieren que cruce el charco: Fran Rivera le ruega a Trump que no pare (sigue, sigue) y que mire para acá, que hay cosas que huelen a chamusquina. No creo que sea porque el diestro, más bien ultradiestro, quiera que María Jesús Montero ocupe el lugar de Pedro Sánchez. En cualquier caso, al presidente de los norteamericanos, y cada día el de más gente, le da igual lo que digan un extorero fondón, el editorial de The New York Times, la ONU, la Unión Europea y el lucero del alba. Él está a otras cosas. Básicamente, a hacer arder el mundo desde Mar-a-Lago, que es como hacerlo desde Marina D’Or. Ni siquiera tuvo la delicadeza de viajar a la Casa Blanca porque ya va a calzón quitado. Y todavía hay quien le alaba el gusto y elogia su sinceridad. Para derrocar a un tirano, Trump se ha cargado la seducción institucional, esa con la que Estados Unidos ha intentado encandilarnos durante años cuando hablaba de deshacerse de sátrapas y de restaurar democracias mientras fingía respetar las normas del derecho internacional. Ahora, la película ya no es uno de esos ‘thrillers’ políticos de los 70 escritos por alguien que sabía lo que era un subtexto, sino una cinta burda y grosera en la que Trump derriba la legalidad internacional y las fronteras geopolíticas, monta una orgía sísmica y deja tras de sí un rastro pegajoso de caos global. Hemos pasado de la trilogía de la paranoia de Pakula a la versión yanki de ‘El fontanero, su mujer y otras cosas del meter’. Porno barato para disfrute de ‘voyeurs’.

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