Diario de León

Cuerpo a tierra

Antonio Manilla

Antonio Manilla

Amores enfermos

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Llamadme negativo y hasta leonesista si os parece, pero con todo este asunto de las nuevas viejas promesas para el Emperador a mí me entra una risa floja interior que no es por falta de optimismo, sino por exceso de memoria. Sin esfuerzo ninguno, dejando surfear a los recuerdos, me acuerdo de la escuela de pilotos, el polígono de Torneros y las agencias de ciberseguridad europea y del espacio interestelar. El baúl donde arrumbar las promesas incumplidas ahora ya es una nave industrial a las afueras como aquella que tenía Everest para ocultar las devoluciones de libros cuando la suerte ya estaba echada. En cuanto se llena, se alquila otra. Esta capacidad de los leoneses para ilusionarnos con cualquier cosa que venga de nuestros políticos electos sólo puede explicarse con aquel verso del poeta Juan Manuel Villalba en el que hablaba del amor enfermo de los perros apaleados hacia sus amos.

Después de tantas temporadas de grandes éxitos incumplidos, a quién le extraña que algunos escuchemos los «compromisos» gubernamentales con menos atención que la canción del verano pasado. Como oír llover. Bastante es que no proclamemos a los cuatro vientos lo que muchos piensan: que hay alguien frotando la lámpara del genio para impedir que algún deseo de los leoneses se logre alguna vez. Y es que acertar cero en la quiniela es tan difícil como acertar catorce. O hay una mano negra orquestando fracaso tras fracaso o las brujas existen. El conspiranoico cazurro suele achacarlo siempre a Pucela, que como chivo expiatorio vale, pero ya empieza a quedarse corto por los dos lados. Algo más hay. Una fuerza cósmica, llámalo Dios, llámalo energía, pero algo hay.

Así que ahora, con todos estos proyectos «viejóvenes», uno sospecha que terminaremos viendo cómo una vez más todo se queda en agua de borrajas, aunque luego salga el diputado que imita a Van Gaal con su perenne y sobreactuado discurso para eludir responsabilidades: «tú siempre negativo, nunca positivo». Vale, majo. Me encantaría equivocarme, de verdad, pero el historial de agravios es tan largo que a mí me recuerda a aquella anécdota del romano Cicerón, quien, escuchando a una ya casi venerable anciana declarar ante una tarta que era su cuarenta cumpleaños, el orador republicano se lo confirmó a los escépticos que le miraban con ojos de incredulidad: «Es cierto», dijo, «se lo llevo oyendo decir más de veinte años».

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