Diario de León

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Esta semana hemos aprendido que el principio de ordinalidad no existe, aunque a veces se da por casualidad, mágicamente. Cosas que pasan. La vicepresidenta Montero está un pelín frustrada porque estas coincidencias son difíciles de explicar y eso que hace unos días ella misma nos obsequió con una intervención memorable y muy clarificadora, llena de burbujeantes referencias al ‘statu quo’. Fue un párrafo sublime pero exigente. Hay textos cabalísticos hebreos mucho más fáciles de entender, aunque los rabinos no los recitaban con tanto salero como la ministra de Hacienda, cuyo juego de manos alcanzó en algún momento cotas de baile regional. Un tanto paradójicamente, debemos agradecerle al señor Junqueras que tuviera la amabilidad de traducirnos a un limpio castellano qué significa el «principio de ordinalidad»: si una comunidad es la segunda en aportar debe ser la segunda en recibir. Si lo dice él será una medida progresista, qué duda cabe, si bien yo agradezco que la Unión Europea no se rigiese por este sistema en los años ochenta porque, de lo contrario, ahora no habría una sola autovía en España mientras que los alemanes podrían disponer de un aeropuerto por persona.

Luego hemos sabido con cierto alivio que la ordinalidad afecta solo a Cataluña por motivos inapelables, que se remontan a Wilfredo el Velloso, antecesor de Jordi Pujol, padre de la patria catalana con domicilio a efectos fiscales en Andorra la Vella. Todo sea por la concordia, aunque tal vez habría que montar una nueva mesa de negociación en Ginebra para decidir cuándo nos podemos olvidar ya del año 1714 y echarle un vistazo al 2026, que no está empezando bien.

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