EL RINCÓN
Cara de mújol
No conduzco, pero me he renovado el carné. Un por si acaso, que una nunca sabe cuándo va a tener que dejar la taxicomanía para emular a Gracita Morales en ‘Sor Citroën’. Cierto es que, con mi poca orientación espacial, el mundo está mejor sin otra desnortada al volante. Y que tampoco es que me haga mucha falta: en el caso de que lleguen los extraterrestres (y llegarán, que es el detalle que nos falta), es mejor huir de la ciudad en bicicleta.
Con todo y con eso, he procedido a actualizar mi relación con la DGT. Y he tenido que hacerme una foto. A mi favor diré que no me había alicatado convenientemente porque ignoraba que me iban a inmortalizar en ese preciso momento. Total, que salgo con cara de recién detenida: el polo fosco, la ojera puesta y un surco nasogeniano para plantar patatas. La encargada del negociado, solícita y sorora, me ha dicho: «¿Quiere que la repitamos?». «Sí, quiero», he contestado. Y la he repetido. Y he salido peor: al morderme las mejillas por dentro para marcar pómulo, se me ha quedado cara de mújol.
Juan Antonio Porto, maestro de guionistas, nunca sonreía en las fotos. Cuando yo le señalaba su gesto serio, me preguntaba «¿y por qué tengo que sonreír?». Nunca supe qué responderle. La actriz Marina Saura, hija de Antonio Saura, escribió en ‘Cara de foto’ que «no sonreír era el acto de resistencia pasiva de mi madre».
En mi caso, salir mal en las fotos es un acto de resistencia pasiva (e involuntaria) frente a la belleza. Una foto de carné no es una foto, sino una radiografía que saca a la luz el esqueleto emocional: ahí están el insomnio, el paso del tiempo, el cansancio. Y esa verdad sin filtros es difícil de tragar.
El DNI me caduca en junio. Otro drama.