Diario de León

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Se retorna a la religión, se vuelve a lo católico, se buscan valores espirituales... y se arrebatan estas campanas últimamente. Pero téngase en su entusiasmo, su eminencia reverendísima, bien sabe que es espejismo. Acordarse de santa Bárbara cuando truena (y hoy atrona) no es volver la vista al Cielo como quiere suponer, sino acamparla en la nubes que, viniendo negras, siembran miedos al presente y pánicos al mañana. El Cielo puede esperar, lo urgente es pedir que se arreglen los problemones generales y los vacíos personales... o que los ríos hoy desbordados vuelvan a su madre (del «ad petendam pluvian» pasaremos a las rogativas «ad petendam serenitatem»)... ¡santa Bárbara bendita, que en el Cielo estás escrita, con papel y agua bendita; si eres agua, ven acá, si eres piedra, tente allá!... ¡y vengan además todas las Vírgenes a socorrernos, empezando por las coronadas de Huelva que desfilaron el otro día en el funeral por los muertos en Adamuz!: la de la Cinta, la del Rocío, la de los Milagros, de la Peña, de los Remedios, de la Estrella, de las Angustias, de los Dolores en la Oración del Huerto, de Montemayor, de la Palma del Condado, de la Soledad... ¡aunque la mía es más importante y milagrosa que la tuya y de mayor romería!, se dicen los apasionados devotos disputándose rangos. No hay nación en toda la cristiandad que tenga más vírgenes que España; ¿a cuántas nos vamos: tres mil, cuatro mil?... Sólo en Madrid hay 110. Es la religión de lo mágico que sólo reza por «lo mío», religión de «10 Mandamientos» para no cumplir ni dos. ¿Y cuánto de paganismo no late en lo semanasantero de tanto teatro sacramental y fe hipócrita que al cabo se desvanece? La antropología ve ahí la vieja idolatría precristiana que pervive como viejo numen taumatúrgico. En lo identitario España se dice muy católica, pero de santos de palo más que de vivir la fe. Y de ahí no se mueve. Exagera, pues, quien teme la islamización de este país y el reemplazo de creeencias. Llevamos aquí 20 siglos sin acabar de convertirnos al cristianismo... y al moro le diremos siempre: «¡Si no creo en mi Dios, que es el verdadero, ¿cómo coños quieres que crea en el tuyo?!»...

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