Diario de León

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Me he convertido en un fan absoluto de los Pocholos. Confieso que hasta hace dos días ni siquiera sabía de su existencia, pero los acontecimientos se han precipitado y sus dimisiones en cascada me han dejado atónito. No es fácil dimitir. Ahí tenemos a Yolanda Díaz, que con gran dignidad dimitió hace meses de algo, no sabemos muy bien de qué, y ahí sigue, más o menos donde la habíamos dejado. Pero los Pocholos se han ido de la comunidad de Madrid como un vendaval, furiosos pero atildados, y han dejado a la señora Ayuso sin su Rasputín y sin ese dulzón aroma a colonias de Kenzo y a carísimos MBA cursados en universidades de nombres anglosajones.

La defenestración y posterior huida de los Pocholos, a lo secta davidiana, abre muchas posibilidades al análisis político. Nunca debemos subestimar el influjo de un buen gurú que conozca los secretos del ballet, pero tampoco hay que despreciar la importancia de los peinados y de las barbas bien cuidadas en la democracia contemporánea. Es normal que gente así sea la que haya gestionado la educación de los madrileños; no podemos dejar un asunto tan relevante en mano de los profesores chusqueros, que tienen las manos manchadas de tiza, no se cansan de hablar de ratios y de dinero y encima visten mal.

Esos análisis son pertinentes, pero también hay que señalar la sorprendente evolución de las corrientes internas en los partidos políticos. Antes uno oía hablar de «Izquierda Socialista» o incluso de «los sorayistas del PP» y se imaginaba documentos cruzados, discusiones acaloradas, febriles noches de whisky y cigarrillos. Ahora, sin embargo, todo es mucho más guay. O sea, tía, qué fuerte, los Pocholos.

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