DISTINTAS FORMAS DE VER LEÓN
Ni voz ni minas
Que el futuro es muy oscuro, Que el futuro es muy oscuro, Ay, trabajando en el carbón
Antonio Molina, gran figura de la canción española en los años centrales del franquismo, protagonizó en 1955 la película Esa voz es una mina. Entonces aquella voz tan celebrada cantaba que el porvenir era negro bajo tierra, y el verso quedaba suspendido en la memoria colectiva como una verdad áspera pero asumida: el carbón ensuciaba las manos y ennegrecía los pulmones, pero daba pan y oficio, identidad, conciencia de pertenencia a algo necesario. Se descendía cada día a la galería sabiendo que la oscuridad era literal y simbólica, pero también sabiendo que había un lugar en el mundo, una función concreta en la arquitectura económica del país. El carbón traía sombra, sí, pero traía sustento.
Lo que nadie previó es que el futuro pudiera tornarse todavía más oscuro sin carbón, sin mina, sin esa economía dura pero tangible que articulaba comarcas enteras. Y eso es lo que, con una ironía casi cruel, ha ocurrido en León. Durante siglos, esta tierra —profundamente española, leal hasta la extenuación, generosa hasta el despojo— fue proveedora constante de riqueza ajena. Los romanos arrancaron el oro de sus entrañas y dejaron la cicatriz abierta en la montaña como un curioso parque temático; después salieron el hierro, el carbón, el wolframio; salieron los ríos domesticados en presas y embalses para producir energía y regar campos propios y ajenos. León fue reserva de materias primas, de agua, de electricidad, de hombres. Siempre dispuesta al sacrificio, siempre en nombre de un interés superior que raramente coincidía del todo con el suyo propio. Entregó valles enteros, como Riaño, la más preciada joya de la montaña leonesa, cuya herida sigue latiendo bajo el agua; entregó generaciones de mineros; entregó su juventud a la emigración cada vez que el ciclo económico se agotaba. Y cuando llegó la reconversión minera, con fondos europeos y promesas de transformación, la tierra que había sostenido durante décadas buena parte del tejido energético nacional afrontó el cierre sin un proyecto alternativo sólido que naciera de su propia voluntad política. Hubo ayudas, sí; hubo planes, sí; pero no hubo una instancia de poder plenamente propia que decidiera con autoridad exclusiva qué hacer con esos recursos ni cómo orientar estratégicamente el futuro. Las galerías se sellaron, las centrales se apagaron, los pueblos comenzaron a vaciarse y el negro dejó de ser el polvo del carbón para convertirse en silencio económico y demográfico. La paradoja es descarnada: trabajando en el carbón el futuro era oscuro, pero existía; sin carbón, la oscuridad es la de la ausencia de horizonte. León, que fue un gran reino y que alumbró instituciones tempranas de representación política, quedó integrada en una estructura autonómica donde su peso resulta insuficiente para determinar su propio rumbo. La España de las Autonomías proclamó la descentralización como remedio contra los desequilibrios históricos, pero no todas las identidades históricas obtuvieron el mismo grado de capacidad decisoria. Y cuando un territorio carece de instrumentos políticos suficientes para defender sus intereses específicos, la planificación de su desarrollo queda subordinada a equilibrios ajenos, a mayorías externas, a prioridades que no siempre coinciden con las suyas. Hoy León sigue produciendo energía, sigue aportando agua, sigue exportando talento joven formado en sus aulas para que fructifique en otras regiones, pero carece del poder efectivo necesario para diseñar una estrategia integral que transforme sus recursos en bienestar duradero para quienes permanecen. No se trata de nostalgia del carbón ni de idealizar la dureza de la mina; se trata de constatar que sin capacidad política propia resulta extremadamente difícil articular un modelo económico alternativo, gestionar con visión de conjunto el territorio, negociar en igualdad de condiciones la distribución de inversiones y evitar que la riqueza —sea natural o humana— continúe fluyendo hacia fuera sin retorno equivalente. El verso minero de la canción de Molina era una metáfora más profunda de lo que parecía: el futuro es oscuro cuando no se controla el propio destino. Bajo tierra, la oscuridad tenía causa y tenía salario; fuera de ella, la oscuridad es difusa y estéril si no se dispone de herramientas para disiparla. Por eso la consecuencia lógica de este proceso no es la resignación ni la simple queja, sino la imperiosa necesidad de un poder político propio equiparable al que ejercen las comunidades autónomas en el llamado Estado de las Autonomías: un nivel de autogobierno real que permita decidir prioridades, orientar inversiones, gestionar recursos estratégicos y asumir con responsabilidad plena el diseño del porvenir. Sin ese instrumento, León corre el riesgo de consolidarse como periferia funcional permanente; con él, al menos, tendría la posibilidad efectiva de convertir su historia de proveedor en un proyecto consciente de desarrollo propio.