EL MIRADOR
Macarena bélica
Nuestro camino hacia la extinción no puede resultar más hilarante. Es una pena que de aquí a cien años probablemente no quede nadie para contarlo, salvo las ratas y los tardígrados, porque los libros de historia prometen ser una fiesta.
Así como la Primera Guerra Mundial fue un jaleo de nacionalismos imposible de entender y en la Segunda había unos malos muy malos que facilitaban el relato épico, la Tercera parece inclinarse por el humor negro y la comedia disparatada. La astracanada como arma de destrucción masiva, eso no lo vio venir Muñoz Seca.
Los estudiantes del futuro, en el improbable caso de que los haya, se van a partir de risa. El momento álgido del conflicto se vivió hace dos días, cuando la Casa Blanca colgó en su cuenta oficial imágenes grabadas en el bombardeo mientras de fondo sonaba la Macarena. Dale a tu cuerpo alegría y, pumba, misilazo.
Por un instante se me vino a la mente Apocalypse Now, cuando Robert Duvall arrasaba los pueblecitos en Vietnam con La cabalgata de las valkirias a todo trapo. La decadencia del imperio romano tuvo su aquel, con sus bárbaros y sus heliogábalos, pero la del americano puede superarla: de momento ya hemos pasado de Richard Wagner a Los del Río y esto acaba de empezar.
A Pedro Sánchez, héroe de la paz y enemigo de las preguntas, aquí le han faltado reflejos. Podría haber salido diciéndole a Trump que no le dejamos las bases, pero que a cambio le podemos facilitar la banda sonora de su guerra, haciéndole solemne entrega al embajador americano de una cinta en la que estén grabadas la Ramona Pechugona y las mejores canciones de los Hermanos Calatrava.
Cuando Donald las oiga, yo creo que nos quita hasta los aranceles.