Diario de León

DISTINTAS FORMAS DE VER LEÓN

Entre la consolidación y el horizonte de vanguardia

La Galería de Arte Ármaga

La Galería de Arte Ármaga

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Entre la memoria construida y la aspiración de lo que aún está por venir, el arte se despliega como un territorio de continuidad más que de ruptura. Entender el presente artístico en León no implica solo describir lo ya logrado. Debemos cuestionarnos de qué manera puede sostenerse y desarrollarse su camino, así como transformarse y proyectarse hacia un horizonte verdaderamente vivo.

El arte contemporáneo ha logrado consolidarse en León gracias a un impulso tanto institucional como privado: el Instituto Leonés de Cultura ha demostrado ser puerta de entrada de las últimas tendencias desde la década de los años 70, sosteniendo una estructura cultural que resulta imprescindible; el Musac supuso un punto de inflexión decisivo, su presencia reconfiguró referentes y producciones sin ser ajeno a una posibilidad cotidiana siempre visible; el resurgir de la Térmica Cultural en Ponferrada, un espacio dedicado a la cultura y las artes; y las casi 200 muestras de arte público financiadas por el Ayuntamiento de León, destacando el Conjunto Escultórico de Eduardo Arroyo situado en Puerta Castillo, así como el Museo de León y el empuje reciente a la fotografía en El Palacín; el Museo Casa Botines Gaudí que ha devuelto al patrimonio una dimensión activa, allí el tiempo no está quieto, se reescribe; La Fundación Cerezales, centrada en la producción cultural ligada al territorio en el que se inserta; y las distintas galerías de arte que han existido en la ciudad, fomentando el coleccionismo y el interés por las nuevas tendencias entre el público leonés. En este último ámbito es donde nace y se desarrolla mi carrera profesional y personal. 

He comprendido que no se debe mirar el arte como un objeto aislado, pues la mirada es lenta y se desarrolla con el tiempo. En mi caso, ese aprendizaje comenzó cuando la galería Sardón abrió sus puertas de la mano de mi tía, Asunción Robles. Aquello fue el inicio de lo que hoy es Ármaga, pues juntas emprendimos este camino al frente de una galería, que no es una línea recta, sino un hilo frágil y sostenido.

Observar el panorama artístico leonés durante todo este tiempo ha significado asistir a un equilibrio poco frecuente, a una salud creativa que se proyecta en espacios activos y en una ciudad capaz de cambiar su esplendor por la vivencia. He construido un vínculo muy estrecho con las obras y artistas que me rodean y que sostienen todo este ecosistema. En medio de toda esta corriente contemporánea, las galerías siguen siendo una forma de insistencia. Lejos de ser episodios aislados, son una línea que continúa. En ese sentido, hay proyectos que no empiezan ni terminan del todo, sino que prolongan una conversación ya iniciada. Esta galería es, en ese sentido, continuidad: una forma de relevo más que de ruptura, una prolongación de un tejido que se ha ido construyendo a lo largo del tiempo entre artistas, espacios y miradas que han decidido permanecer. Porque quizá eso sea lo más relevante: que no se trata tanto de fundar algo nuevo cada vez, sino de sostener una cierta temperatura cultural. Mantener encendida una conversación que, aunque cambie de voz, sigue reconociéndose en el mismo lugar. Sin embargo, la presencia de fundaciones que en otras regiones entienden la cultura como inversión a largo plazo sigue siendo una asignatura pendiente.

 Asturias o Cantabria ofrecen ejemplos que no deberían mirarse con envidia, sino con una cierta incomodidad productiva: la de preguntarse por qué no aquí, por qué no ahora. Modelos como la Fundación María Cristina Masaveu Peterson y Fundación Botín ayudan a valorizar lo que el siglo en el que vivimos acoge. Quizá uno de los retos más importantes sea consolidar un coleccionismo más joven y abierto, capaz de entender la obra no solo como objeto, sino como experiencia, como continuidad y como objeto de memoria.

Este latido no sería posible sin la amplia cartera de nombres que habitan el imaginario leonés. Artistas que han sabido fijar una voz propia y que son la base de nuestra vanguardia. La cuestión no es solo producir obra, sino generar condiciones para que esa obra circule, se vea y salga de su perímetro natural. Las ferias y los intercambios no son un lujo, sino parte estructural y garante del progreso del sistema del arte contemporáneo. 

¿Y el futuro? Quizás, como en las divagaciones de Baroja, el futuro no sea una promesa lejana ni una didáctica impostada, sino una acumulación de presentes donde logramos fijar la mirada. Veo un horizonte donde León se puede consolidar como un centro de pensamiento artístico permeable, valorizando lo que los creadores actuales nos entregan. Un tejido local sólido, pero abierto, que sea capaz de acoger sin diluirse y de proyectarse sin perder identidad. Un lugar donde instituciones, galerías y espacios independientes no funcionen como compartimentos, sino como partes de una misma conversación. Tal vez no se trate de construir grandes relatos, sino de sostener pequeñas constelaciones que configuren una cartografía reconocible. 

Debo señalar, por último, que todo lo que pasa en nuestros días caería en el olvido si no se documentase. El Diario de León ha sido, durante décadas, testigo atento de este tránsito artístico: archivo, pero también una mirada atenta y crítica sobre lo que la ciudad ha sido y lo que todavía sigue siendo. En estos 120 años ha sido parte activa de nuestra memoria siempre en construcción. Tal vez el futuro no sea otra cosa que eso: sostener el latido. Permitir que el arte siga encontrando aquí un lugar donde no tenga que justificarse. Y que León continúe siendo un espacio donde todavía es posible imaginar.

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